William soñaba, desde hace años, cada noche lo mismo: Era un niño y caminaba descalzo sobre la tierra fría. Aparentemente era de noche y sabía (con la certeza extraña e ilogica que se tiene en los sueños) que aquel lugar era el patio de su abuela. Estaba rodeado por una espesa niebla, tan densa que se sentía húmeda y fría a su alrededor, pero dentro de aquella neblina que desdibujaba el paisaje, titilaba una minúscula luciérnaga. Así que hipnotizado por aquella lucecita intermitente se adentraba en la niebla hasta perderse en ella. El sueño siempre acababa cuando la niebla se hacía tan densa que se volvía pesada y lo realintizaba en su andar, haciéndolo despertar sobresaltado.
Se había obsesionado tanto con aquel sueño que buscó su significado en libros, psicólogos, adivinos y toda clase de místicos, estaba convencido que el sentido de su vida se escondía en aquel sueño y por ello su vida giraba en torno a aquel misterio. Ania, su novia lo había dejado después de un muy largo noviazgo; pues ella quería casarse y tener hijos, pero él no parecía decidirse y lo aplazó durante varios años. Un día, lo escuchó hablando con un amigo y justamente este le preguntaba cuándo se casarían, a lo que respondió que no sabía si debería casarse o no porque aún no decisfraba su sueño. "¿Que tal si el sueño significa que no debo casarme con ella? Cuando lo descifre sabré que hacer", le dijo a su amigo y Ania lo escuchó con lágrimas en los ojos. Así que lo abandono sin siquiera darle una explicación.
No les diré que no le dolió el abandono de Ania, pero al perderla perdió el ancla que lo mantenía un poco en el mundo real y a partir de ahí creció su obsesión al punto que derrochó su dinero en la búsqueda del significado de su sueño. Poco a poco se alejó de amigos y familiares pues ellos trataban de disuadirlo de aquel sin sentido a lo que él respondía que ellos solo querían sabotear su propósito y su misión. "Estoy destinado para algo grande y ustedes quieren que me lo pierda" les dijo la última vez que visitó la casa familiar. Para ese momento estaba dominado por el delirio y aseguraba que el sueño ahora se presentaba todos los días.
Los años fueron pasando tan rápidamente que a William se le encaneció el pelo y las fuerzas lo abandonaron. Su hermano, que aún no se resignaba a perderlo y que nunca lo abandonó por completo, le consiguió un cupo en un hogar para ancianos que estaba subsidiado; después de todo con la pensión del seguro social no podría vivir en un apartamento alquilado, además que aún seguía gastando su dinero en descubrir su misión. En la residencia se sentaba durante horas a leer libros sobre el significado de los sueños y a dibujar de memoria los fragmentos de aquella visión nocturna que lo había atormentado durante años, hasta que era la hora de comer o de dormir. Ni siquiera el terapeuta de aquel lugar había logrado disuadirlo de su delirio y había decidido que al menos, con su edad, aún tenía algo que lo hacía levantarse cada mañana.
William caminó a través de la niebla una vez más, pero esta vez algo era diferente, tenía plena conciencia de que estaba soñando. Era la primera vez. Miró sus manos y sus pies a través de la neblina y descubrió que sus manos tenían pecas y la piel era delgada sobre sus huesos... Ya no era el niño quien perseguía la luciérnaga, era su yo anciano, el que se había acostado hacía unas horas. Pero no pudo pensar mucho en ello porque la luciérnaga ya estaba ahí, brillando a través de la espesura y se dirigió hacia ella. Mientras caminaba a través de la niebla sintió sobre sí el peso de los años y el frío de la noche en su cuerpo. La luciérnaga estaba en las ramas de un enorme árbol, ese que estaba en el centro del patio de la abuela y simplemente se quedó allí, permaneciendo inalcanzable para él. Se sentó en el suelo bajo el árbol y se sintió tan cansado que se le salieron las lágrimas. Se resigno a no saber y permaneció sentando ahí con los ojos cerrados mientras lo iba llenando una paz que jamás había sentido antes.
La mañana llegó con un gran torbellino en la residencia de ancianos; los residentes y el personal que allí laboraban estaban reunidos al rededor del un gran árbol, en la parte más alejada del patio. Sobre el suelo, descalzo y con la espalda recostada en el tronco, se encontraba el cuerpo de William, que había exaltado ya su último suspiro. Su mano izquierda estaba empuñada con fuerza y cuando al fin pudieron abrirla, dentro encontraron los restos de lo que pudo haber sido una pequeña luciérnaga.
Imágenes de mi autoría tomadas con teléfono Redmi 9a.