La rutina se abalanza sobre mí;
me abraza entumeciendo los sentidos,
diluyendo los colores;
todos los días son iguales.
Algo brilla un instante.
Las musas susurran traviesas,
el reloj me recuerda que voy tarde,
mientras la magia se disuelve poco a poco.
Una estela descolorida de frases a medio escribir,
de versos sueltos,
garabateados al borde de facturas y recibos,
palpitan esperando encontrar el resto de su historia.
Una montaña de mensajes enviados por las musas,
enviados en las horas equivocadas,
sepultados por las elecciones que creí correctas,
aguardan por mí
sin perder la esperanza.
Aun no es tarde,
pero aun soy esclava de los caprichos del destino.
Mientras las horas pasan las musas se ríen de mis prisas,
me siguen poniendo a prueba;
necesito nuevas estrategias.