Si pudiera sintetizar en pocas palabras las horas perdidas, buscando un análisis profundo del sendero establecido como existencia humana, diría sin la tristeza que me embarga por ver la desidia establecida por el ego, más aun en quienes dicen ser los dueños de la verdad.
Pues en nombre de esa verdad se muere sin mencionar que lo trágico es parte del destino, odiando con todo mi Ser, que el destino de inocentes sea un ataque bélico, o a raíz de un arma bacteriológica, el hambre o la violencia indiscriminada del ser, que con furia arremete valiéndose de su fuerza y su odio hacia la vida del prójimo.
Cuanto debemos recorrer, para dejar de lado los intereses personales, de religiones, o de divisiones políticas y territoriales, cuanto debemos recorrer para comprender el dolor del prójimo y sus necesidades sin cruzarnos de veredas o disimular que esa situación es inexistente, por el derecho absoluto y merecido de no padecer lo del prójimo, pues nadie es culpable mientras el miedo o el terror de la guerra, el hambre o la enfermedad sea nuestra.
Porque vemos a través del vidrio de una ventana llamada la vida, miramos a los demás como algo que jamás nos sucederá y en realidad nada es definitivo, nada es bueno o malo.
Es solo cuestión de tiempo para comprender la fragilidad que poseemos y que todos moriremos creyendo que es solo parte de un soñar
Porque nos negamos constantemente en descreer de la muerte como límite y en realidad con ese final se va la sonrisa, la mirada, el aroma de su piel y el sonido de su voz, se va lo cotidiano que pudo ser alegría, tristezas, soledades o un sin fin de seres compartiendo la fragilidad del tiempo.
La controversia de la existencia que es la determinación de la desunión que poseemos como atributo existencial, y que los muertos son solo números que colman estadísticas y que creemos estar ajenos y en realidad el verdadero milagro es volver a despertar en un sitio donde no estemos expuesto al odio y la barbarie de un acontecimiento bélico o una pandemia mundial...