Spencer era un tipo muy peculiar.
De profesión funcionario, era querido y respetado por sus compañeros, elogiado por sus jefes y muy amable con las personas a las que debía atender. Nunca perdía el control ni se ponía nervioso, por mucho que le tocaran los cataplines, o lo insultaran, algo que ocurría con bastante asiduidad, ya que el personal andaba algo crispado y descargaba su frustración con el pobre infeliz que debía atenderlos.
Para completar tanta abnegación laboral y buen talante, había que añadir su altruismo para con los demás.
Y es que a Spencer le encantaba interpretar el papel de payaso para hacer felices a los niños. Trabajaba gratuitamente, pues era otro tipo de compensación lo que buscaba. Sí, lo has adivinado: nuestro funcionario era un buen hombre de cintura para arriba, pero de cintura para abajo era un perfecto hijo de puta que disfrutaba sobando a las niñas.
¿Qué mejor forma de hacerlo que usando un disfraz tan poco sospechoso como el de payaso?
Por aquel entonces (hace poco, pero no tan poco como para que parezca mucho antes de hace poco) todo eso de los abusos de menores tenía que ser muy grave para ser denunciado, y si alguien tenía el valor de hacerlo no se veía con buenos ojos.
¿Qué un maestro ha tocado a tu hija de forma íntima?
¿Qué un cura ha pretendido abusar de los niños del coro? Mentiras y más mentiras inventadas para desprestigiar a las dos grandes instituciones formadoras de espíritus y merecedoras de todo el apoyo y reconocimiento ciudadano.
Tampoco era cierto que un jefe usase la prerrogativa que le daba su cargo para exigir favores sexuales a las empleadas más jóvenes.
Por tanto, el degenerado funcionario podía campar a sus anchas entre las decenas de indefensas criaturas que acudían a una fiesta a pasárselo bien y se encontraban con un pulpo que las sobaba enteras, con la excusa de hacerles una gracia. Su degenerada audacia llegaba al extremo de agarrar por detrás a su presa y frotar el trasero con esa “cosa”
Algunas llegaban a casa llorando, pero por más que le preguntaban no era capaces de explicar qué había pasado. Solo intuían que era algo insano y perverso, pero su infantil inocencia impedía que pudieran dar una explicación más concreta y acusar al simpático payaso, que tanta gracia hacía a todo el mundo.
—Es usted un buen hombre—le decía una madre, mientras su niñita se abrazaba a sus piernas, intimidada por aquel payaso que le había puesto una cosa dura en el trasero—. Dale un besito a tu amigo— exigió la despistada mujer y su hija echó a correr para no dárselo.
—No se preocupe, señora. Los niños se comportan a veces de forma muy rara y no debemos darle mayor importancia —aseguró un comprensivo Spencer.
—Ojalá algún día reciba lo que merece por lo bien que se comporta con ellos.
Dicho eso fue en busca de la niña, que los miraba desde prudente distancia y que se negó en redondo a acudir a la siguiente fiesta en la que actuaría ese maléfico payaso.
Pero Spencer no se limitaba a los tocamientos; también se había hecho con una importante colección de fotos de las pequeñas. Sobre todo, valoraba aquellas que aparecían en traje de baño, cuando la fiesta era al aire libre en alguna piscina de los chalets a los que acudía a realizar su representación.
Tanta fue la buena fama que el depravado funcionario cogió entre las gentes de la ciudad, que incluso erigieron una estatua en su honor vestido de payaso.
Los años fueron pasando y nuevas generaciones de sufridoras niñitas pasaron por sus asquerosas manos. Algún día todas recordarían que aquel cerdo les causó un trauma infantil, pero eso sería mucho después y el canalla ya no podría pagar el delito cometido, porque habría muerto en olor de multitudes, santo varón y mejor persona humana...
Ese parecía ser el destino del ruin payaso, pero tuvo la mala suerte (buena si se contempla desde la óptica opuesta) de cruzarse en el camino de una pequeña de ojos violeta y tierna mirada, que lo volvió loco de remate y lo trastornó hasta el punto de hacer mucho más intrépidas sus insinuaciones.
—Estás para comerte —le dijo al oído y ella le dedicó un pestañeo arrebatador, lleno de promesas que terminaron con la historia del payaso que fue encontrado muerto en su cama.
Todos juran que murió de un infarto y no le realizaron autopsia, si lo hubieses hecho habrían descubierto que murió envenenado.