Mi perrita Susy cruzó la calle y saltó hacia la oscuridad. Desapareció. La casa quedó a oscuras. Todas las lámparas se apagaron.
Encendí mi antorcha nocturna del esquinero de la casa. En ese instante fue cuando apareció Susy. Saltó de una esquina a la otra; es decir, venía de una calle y llegó a la esquina de mi casa y con mi antorcha se alumbró. Yo la pude ver cuando saltó. Era ella. Lo supe por sus ladridos tristes y la sombra que proyectó en el piso. Saltó para la otra calle y corrió como una sombra para quedar disuelta en la oscuridad.
Ahí mismo me percato del terrible suceso. Miro la calle oscura por donde todos transitamos. Por ahí se lanzó mi perra.
Pensé que si algo parecido me ocurriera, sería terrible porque también desaparezco como ella. Saqué algo de coraje para repetir lo que hizo Susy. Salté desde mi oscuridad humana y entré en la oscuridad de mi perra. Descubrí que no hay mucha diferencia. Hice un ardid mental para ponerme en su lugar. Y salté con ella hacia la oscuridad de la calle.
Ocupar un lugar de perro no es fácil. Eso me dije. Porque hay que saber ladrar, y hacerlo con profunda tristeza, como ladran los perros en la oscuridad de la calle y de la noche. Sentir esta soledad hambrienta de los perros que deambulan por las calles. Además, hay que buscar comida en el vecindario, reventar bolsas y tumbar pipotes de basura.
Yo era como un perro de la calle: me golpeaban, me lanzaban piedras, me pateaban; y me ponían trampas, el veneno, o, alguien me servía vidrio molido en la comida.
Mi perrita, los perros y yo, a veces, no encontrábamos nada que comer. Casi nadie dejaba desperdicios, huesos de pollo, pedazos de carne, tripas o pellejos. Era como vivir en las penumbras.
Retorno a mi casa y dejo de pensar que soy un perro.
Miré para la calle y mi perrita Susy no regresó; se quedó prolongada en una oscuridad infinita.