Fuente
Por la calle siempre callada y solitaria, la melodía se repetía una y otra vez, como si fuera el tema de fondo de una película de otros tiempos.
Era “somertime” un viejo Jazz tan melancólico como sugerente, todo un clásico.
La música salía de una casa pintada de azul que no tenía ventanas ni adornos en su fachada, solo una puerta hecha de un espejo, que a veces reflejaba el rostro de los vecinos curiosos, quienes nunca habían visto a nadie entrar o salir de la casa y se preguntaban entre ellos, de dónde provenía esa música que se metía en la mente, en los huesos, y siempre terminaban tarareando sin darse cuenta.
El espejo o la puerta solo reflejaban los rostros llenos de preguntas y a uno que otro perro que se detenía a contemplar al extraño imitador que del otro lado del espejo se le parecía tanto.
Un día un vecino angustiado por la curiosidad, y el eco interminable de su imagen también por el reflejo constante de la música rompió el espejo con su puño.
Sangrando el hombre llamo a los vecinos que acudieron rápidamente a la casa azul. Entonces no hubo más misterio, el adentro de la casa, que consistía en un pequeño espacio de un metro cuadrado (el ancho del espejo) un antiguo tocadiscos repetía consecutivamente aquel jazz.
Mientras una pálida muñeca de porcelana con un vestido rosa hecho de tul, sonreía y llevaba el compás con el pie diminuto.
Más tarde otro vecino sumamente molesto por una realidad tan extraña, le prendió fuego al quimérico lugar del que no quedo huella, porque solo existía en este texto musical y triste, que muy pocas personas leerán.