EL ASOMBROSO CIRCO DE MÍSTER MERARD
SI UN PAYASO HACE REÍR, imagínense dos, y si son avestruces, el humor viene doblemente pesado y con el cuello largo; y al circo de Míster Merard la gente iba a reírse, a asombrarse y a dejar su dinero.
Era el primer número de las asombrosas funciones; dos avestruces entran al escenario, no como Dios los trajo al mundo, sino disfrazados y encima del disfraz que tenían encima del pellejo, un manojo de objetos extraños que daba curiosidad cuando los niños los recibían; un globo que era una trompeta, una campanilla que hacía de piano, un pito que sonaba como guitarra; los de allá recibían una matraca con sonido de flauta, un martillo que cantaba la risa, un piano que se sonaba la nariz; y por el centro los pequeños estiraban las manos para llevarse un elefante que botaba colores por la trompa, un jaguar que rugía los sonidos del agua o unos avestruces que se orinaban de la risa.
Con el sonido de los juguetes empezaba también una risa alegre que se iba haciendo contagiosa hasta que los niños ya no jugaban, pero la risa seguía en la boca de todos, se prolongaba a las orejas, a los ojos, si tocaban al compañero más se contagiaban; era una risa que se expandía por la carpa con un contraste de vaivenes ascendentes, ondulados, horizontales, subía, luego bajaba y finalmente se regaba en las calles, entraba en las ojos de la gente, en las orejas, las bocas se abrían y empezaban a reírse como independientes del cuerpo, era la risa tomando su propia vida, la que mantenía al circo repleto de un público que no dejaba de alegrarse, de amar a los animales y extrañamente de no ser ellos porque al terminar la función, los de la calle no sabían por qué se habían reído y los de adentro, que los de las calles lo habían hecho.
De pronto la risa tomaba un punto de fuga, el centro del escenario donde estaban los avestruces, todos apuntaban hacia ellos con sus miradas y hacia allí dirigían la potencia de las carcajadas, como una bandada de sonidos marchando en forma de ondas y allí la recibían los avestruces, en sus ojos, en sus oídos, en sus bocas que se abrían y toda la risa les entraba en puñado y ante la mirada atónita de los espectadores los avestruces explotaban, echaban una reguera de plumas por todas partes, tantas que había que apartarlas para ver y cuando caía la última, las miradas se iban con los avestruces, que salían del escenario como Dios los trajo al mundo, sin plumas.
Y en ese desorden de risas y plumas nadie sabía cómo ni de dónde salía el malabarista que desafiando las alturas atravesaba una cuerda floja, sin protección, con los ojos fijos en la meta y las patas delanteras alzadas al cielo. La cuerda debía ser de una material resistente, tanto para soportar el peso de un malabarista como aquel. Alguno que otro niño espantaba la brisa de su rostro por si fuera esta la que no los dejara creer lo que estaban viendo, pero ya no había plumas, ni brisa, en escena solo estaba el verde e inmenso elefante que entraba en los incrédulos ojos de la gente, pero firme en su decisión de atravesar al otro extremo de la cuerda, aunque la misma cuerda rechinara para quejarse del sobrepeso.
Minutos más, minutos menos y el malabarista alcanza la meta, emprende su retorno y justo en la mitad como si hubiera una pared invisible que le impidiera el paso, se detiene, empuja con fuerza, su corpulencia arrastra lo que aparentemente está atravesado y cuando casi llega al extremo, desaparece, se lo traga el vacío en la misma fuerza con que venía empujando. Y así termina la primera parte de la función.
**
Corren los niños a comprar la chatarra que les venden por comida en los circos, entra en escena el espectáculo del estómago. José Daniel y sus amigos saludan a su maestro, se sientan a su lado, el maestro los mira y pregunta:
─¿Vieron de qué color era el malabarista?
─Pues, del color que son todos… ¡invisibles! ─respondió, José Daniel, recordando un cuento que una vez les contó el maestro.
─No, en serio, muchachos ¿se dieron cuenta?
─¡Sí! ─dijo Jeremías─ es muy verde.
─¿Les recuerda a alguien?
─¡Al de…! ¡claro! ¡eso es! ─dijo otro de ellos.
─¿Será el de Esteban? ¿qué piensan ustedes, niños?
Los niños reaccionaron y encendiendo al mismo instante la lámpara de los recuerdos, rememoraron cada uno en su mente la historia de Esteban y estuvieron a punto de contarla entre todos, pero justo llamaron para iniciar la segunda parte.
**
Parecían gemelos por lo parecido, en el color de sus pintas, por la aguerrida forma de distribuir la ferocidad en sus mandíbulas y por los intensos rugidos, que en la más espesa de la selva hubieran dejado a sus presas en el puro hueso. Eran dos, fieras, según el presentador; jaguares, según ellos; espectáculo, según el público y horror, según el Enano.
Duermen profundamente como angelitos del mundo felino. La jaula que los encierra es de barrotes tupidos para que no salga lo que entre. Un silencio atronador se mueve bajo la carpa, nada se ha anunciado, pero algo se vislumbra en forma de tensión en los rostros. El acto lo protagoniza el Enano, quien entra y de inmediato sellan la puerta con un par de candados descomunales.
Debe tomar las llaves, lanzadas frente a ellos, caminar hasta la puerta, abrir antes de que despierten y lo conviertan en su cena. Lo había hecho tantas veces y siempre temía ser devorado; una vez soñó que se lo tragaban, entero, y que en el estómago estaban las mascotas que los jaguares devoraban para alimentarse y eso le asustaba aún más porque sentía que le reclamaban, se imaginaba que lo miraban y lo reducían al tamaño de un gorgojo, por eso cerraba los ojos mientras caminaba hacia las llaves, para no ver, en los ojos de los jaguares, los ojos de esos animales.
Camina como si fuera por el aire, las llaves están cercas, solo es cuestión de unos cuantos pasos, regresar, abrir y recibir los aplausos, pero el público siempre empezaba a soltar un hilo de angustia en la voz que se iba haciendo largo, grueso, sonoro, hasta que estallaba en un estertor de miedo. El Enano lo sabía, sabía que el público no resistía, que querían ver el espectáculo de las fieras devorándolo, por eso los despertaban.
Al tomar las llaves retrocede, las fieras ya van en su ataque, el público grita, el Enano no llega a la puerta, los felinos se lanzan contra él, el Enano se agacha, se acurruca, adopta la forma de un gorgojo y cuando los jaguares van a caer sobre él, no lo ven porque se apagan las luces y los gorgojos no se ven en la oscuridad porque algunos son negritos como la misma noche.
Finalmente se presenta la única maga animal, la Cebra Maga, quien entra al escenario con su sombrero y su varita mágica, con sus rayas negras y sus rayas blancas. Se inclina y saluda al público y se le cae una raya blanca. Vuelve a saludar y larga una negra y cada vez que saluda bota una blanca y otra negra, una negra y otra blanca, hasta que larga todas las rayas.
─¡Una cebra sin rayas! ─se asombran los niños, y aplauden.
Pero las cebras tienen rayas y eso lo sabe todo el mundo, así que ella las recoge, las mete en el sombrero, las mezcla, se pone el sombrero y por el cuerpo le empiezan a salir rayas blancas que se van uniendo hasta quedar como la leche:
─¡Una cebra blanca! ─gritan los niños, y vuelven a aplaudir.
Pero las cebras no son blancas, son blancas con rayas negras, así que muestra el sombrero para que evidencien que aún quedan rayas, vuelve a mezclar, se pone nuevamente el sombrero y esta vez se cubre de rayas negras.
─¡Una cebra negra! ─gritan esta vez, y aplauden por tercera vez.
Pero ella insiste en mezclar bien las rayas porque todos saben que las cebras no son negras, sino negras con rayas blancas.
Vuelve a batir, vuelve a ponerse el sombrero y esta vez el efecto es más asombroso, la cebra se va cubriendo de rayas blancas y de rayas negras.
Fin del segundo capítulo
Este es el segundo capítulo de mi novela juvenil de aventura, El asombroso circo de míster Merard, El diseño de la portada es una creación particular para esta obra, hecho por . Pueden ver sus diseños en Instagram.
De la misma portada trabajé en Power Point las imágenes del domador, elefante, jirafa y los avestruces.
Imagen tomada de Pixabay: jaguar
En este enlaces consigues el Primer capítulo