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Hoy temprano en la mañana, entré a uno de los depósitos de nuestra casa. Estos depósitos son galpones cerrados por tres paredes de ladrillos y una frontal hecha de rejas metálicas.
Hace más de medio siglo, esto edificios servían para que mi abuelo criase gallinas en ellos. Eran mediados de los años sesenta y tener una cría masiva de gallinas en el casco central del pueblo, era considerado algo totalmente normal. Sin embargo, hoy sería relativamente complicado de hacer, debido a las normas sanitarias y de convivencia impuestas por el municipio (aunque sí que hay quien las irrespete con frecuencia, pues estoy escuchando un cerdo gruñir no muy lejos de aquí en este preciso momento).
El caso es que yendo a buscar un destornillador, entré allí y me quedé observando durante algunos momentos, la ingente cantidad de trastes acumulados en esos espacios.
Se trata de cosas guardadas allí por generaciones. Mi abuelo, mi padre, mi hijo antes de migrar y yo por supuesto, fuimos acumulando cosas en desuso, cientos o miles de trastes que ocupan un gran espacio.
En un breve instante pude observar casi cualquier cosa: tubos, maderos, una moto, juguetes, recipientes de todo tipo, cables, lámparas, mesas, televisores, ropa, zapatos, herramientas, cuerdas, bolsos, fierros de mil tipos, ruedas, combustibles, lubricantes, agroquímicos, tornillos, tuercas, alambres, vidrios, pinturas, marcos, instrumentos musicales, relojes, instrumentos de dibujo, materiales de construcción... Podría llenar páginas enumerando todo lo que allí está acumulado.
Cada cierta cantidad de años, alguno de nosotros se propuso aligerar el espacio ocupado y procedió a seleccionar lo menos usado y a ponerlo en las calles para que lo servicios de recolección se lo llevasen. Sin embargo, no pasaba mucho tiempo antes de que el lugar estuviese de nuevo repleto.}, como por “arte de magia”… Y es que la costumbre de acumular parece ser algo difícil de controlar.
Aunque este sea un problema que podría considerarse serio; el tema de este escrito es otro. Y tiene que ver con el hecho de que hoy temprano, estando allí observando aquella enorme cantidad de trastes amontonados, me llegó a la mente una idea…
¿Y si mi vida se está pareciendo a este depósito repleto de cosas que no uso?... Eso fue lo que pensé de inmediato…
Tengo más de 50 años y aunque parezca un poco pesimista y exagerado; siento que la vejez se acerca sin prisa ni pausa y que en cualquier vuelta de página estará aquí, presentado el colofón de lo que fueron mis días.
Y entonces… ¿Son nuestras vidas un depósito con una gran cantidad de cosas que no usamos?... Y no me refiero solamente a las cosas materiales, sino también a las emociones, a los proyectos, a los trabajos, a las costumbres y a los paradigmas… ¿Estamos acaso aferrados a cosas que nos lastran?... ¿Han sido nuestros días, hasta el momento, una larga sucesión de tiempo perdido en la construcción de apegos que nos confunden?...
Creo que debemos reflexionar. Yo cuando menos, me siento hoy bastante contento de haberme plantado a pies juntillas frente a esta interrogante. Y creo que instintivamente comencé a deslastrar mi existencia de muchas cosas hace más de una década, cuando sin razón aparente, decidí dejar mi trabajo como gerente de tecnología en una empresa bastante grande y comenzar a simplificar mi existencia. Confieso que lo hice casi de una manera irreflexiva, fue un impulso, pero la decisión provino de observarme a mí mismo inmerso en un montón de actividades y compromisos francamente agobiantes. Se podía decir que por aquel entonces mi carrera iba en franco ascenso y estaba a las puertas acceder a instancias ejecutivas que tenían que ver con la directiva departamental y seguramente a niveles de junta directiva de toda la empresa, de hecho, ya tenía frente a mí las propuestas y solo faltaba que diese el sí. Pero algo en mi “gritó” a tiempo y decidí dejarlo todo a un lado sin pensarlo demasiado. Creo que fue una mezcla de instinto de supervivencia y de necesidad espiritual. Pero todo eso corresponde a otra vertiente de historias que en algún momento plasmaré en letras.
El tema que me ocupa hoy es otro, como lo expresé al comienzo de estas líneas: “A pesar de haber hecho un gran avance desde hace diez años atrás” Creo que sigo arrastrando gran cantidad de pensamientos y convicciones que no cesan de “chocar” con ese nuevo ser en el que me he ido transformando con el correr del tiempo.
Me deshice de muchas cosas materiales ciertamente, desde vehículos hasta terrenos y similares. Y lo que me va quedando goza de muy poco de mi afecto. Así que el tema material no es mi problema. Entonces creo que lo que sigue atándome, lo que no me deja terminar de estirar las alas, son los apegos emocionales, y ese es un tema muy delicado, pues declarar algunos como fútiles, puede redundar en serios problemas con amigos, familiares y demás personas del entorno. Pero sea como sea, puede que termine resultando necesario dar un paso adelante y soltar las amarras del convencionalismo.
“Otra vuelta de tuerca” como dicen, para aclarar más el panorama hacia una consciencia más allegada a lo espiritual, en donde no tenga yo este depósito lleno de trastes que no uso ni quiero usar. Me refiero, no a este depósito aquí en mi casa, sino a mi psiquis, a mi mente, a mi intelecto y en fin a mi “ego”, el cual con el tiempo ha de tender a desaparecer, presumo.
Pero, esa es otra historia, pues entender el camino es una cosa, comenzar a caminarlo es otra y llegar a la parte difícil es otra más… Así que quizás me falten muchas líneas por escribirme a mí mismo. Es decir, a este “yo” que a la postre quizás “no existe" por ser tan efímero.