No tengo nada que escribir. Últimamente, no viene siquiera un verso a mi mente; y cada vez que una intuición nace en mí, algo como el germen poético, que es al mismo tiempo imagen y sensación, las palabras que saltan a mi mente para traducirlo, no me resultan dignas de aquello.
Estoy dejando de amar a quien amaba, sufriendo el modo en que me olvida y en que yo la olvido. Aquello que me conmueve es el recuerdo de lo que fuimos: me comprime el corazón, me duele. Pero no es suficiente. No sufro tanto como para que las palabras salgan solas, y el poema cobre aliento en mí, se yerga sobre mis restos.
Estoy dejando de amar a quien amaba, sufriendo el modo en que me olvida y en que yo la olvido. Aquello que me conmueve es el recuerdo de lo que fuimos: me comprime el corazón, me duele. Pero no es suficiente. No sufro tanto como para que las palabras salgan solas, y el poema cobre aliento en mí, se yerga sobre mis restos.
Quiero decir que ya no muero como lo hacía. Entonces me pregunto si este en quien me he convertido era quien yo quería ser: un individuo equilibrado, mentalmente sano, pero incapaz de producir belleza. Y sí, quizás ahora me trazo objetivos, los alcanzo, pero... ¿planificar la poesía? ¿pensar fríamente un cuento? Puedo premeditar su elaboración, medir punto a punto su construcción, pero no vivo nada que haga nacer en mí una idea brillante.
Escribo este texto con una estúpida visión de algún lector, leyéndolo a través de una pantalla, dando un like para que yo reciba algo de dinero; no estoy tan solo, tan conmovido; no estoy tan triste o tan alegre, olvidé lo que se siente la euforia. Estoy dejando de amar a quien amaba y quizá, así, dejando de ser quien era. Recuperándome, adquiriendo una salud terrible, una tranquilidad pavorosa.