El encanto de la llanura
Cinco de la mañana; el sol de Cerro Pequeño anunciaba primoroso su inminente llegada mientras dejaba filtrar sus primeros rayos en el cielo y lo tornaban de un bonito magenta. Los gallos comienzan la faena entre cantos compitiendo a ver cuál de estos llega más lejos en el rumor de la brisa mañanera; los trabajadores poco a poco inician la rutina y de las cocinas se escapan los olores de una manga que cuela el café, nada más tomarse un cafecito y todos inician su rutina, los obreros van a los corrales a saludar a los becerros que yacen cerca de sus madres y con el canto de los gallos y el cielo a medio camino entre el día y la noche ya saben que es hora de ser ordeñadas. A los canturreos de los aguaitacaminos y los turpiales se suman los chirridos de los cucaracheros y las paraulatas que se preparan para un día de trajín en medio del rumor de las hojas de samanes y mata ratones, el rumor trae consigo las notas de una tonada mañanera, en el corral las vacas son arrulladas con la letra de “el que bebe agua en tapara” y los becerros deseosos apuran al ordeñador exigiendo su parte de leche en las ubres.
Ocasio ensilla su caballo, un alazano oscuro asediado por la faena pero que obediente y trajinoso sale a la llanura con paso brioso a escoltar al ganado terco y mañoso que como es costumbre siempre termina alguno que otro barajustándose; las garzas comienzan a sobrevolar el cielo aun encapotado y se dirigen al paso de la quebrada que para estos tiempos de agosto ya está crecido y difícil de atravesar pero con tremendas corvinas que animan a garzas y a pescadores por igual. El ganado se encamina por si solo a través de los y siempre con el padrote adelante, nada mas verlos pastar Ocasio sabe que su trabajo ahí está hecho, hasta la tarde cuando tenga que volver por ellos y la plaga abunde, los ranuecos croen, y el suelo sea puro barro gracias a las lluvias de un invierno blanco.
Al lomo de su alazano Ocasio avista los maizales y al instante sabe que sus compañeros estarán recogiendo la cosecha que servirá para las cachapas del almuerzo, las arepas de maíz pilao’ para el desayuno y la mazamorra y el atol para endulzarse un poquitico la vida; Julio, Agosto y Septiembre son meses de abundancia. Para allá se encamina Ocasio cuando de pronto algo lo distrae, es el canto de un carrao que lastimero solloza y añora compañeros de otrora, a Ocasio el canto del carrao no lo es indiferente, el también añora compañías de otros tiempos y en sus adentros aún resuenan los ecos de su vida anterior en la ciudad tan lejana y distinta a las llanuras que vislumbra y que ahora se las percibe tan inmensas e infinitas…
Llegando a los maizales algo distrae a Ocasio nuevamente, es Antonio, uno de sus compañeros que viene de la quebrada con dos yeguas por las riendas, por cómo viene parece que las yeguas no son, como dicen, “ninguna manguangua”. Ocasio se detiene para que su alazano también beba agua de la quebrada y descanse, a las sombras de un apamate se recuesta y ve como pasa Antonio ataviado y luchando con las bestias para que sigan el camino, cuando se acercan a él Ocasio se ríe divertido de lo que ve e incomoda a Antonio con su perorata.
– ¿Qué fue Antonio, ahora las bestias dominan al hombre?, yo que creía que la cosa era al revés– Las carcajadas de ironía no hacen sino incomodar a Antonio y empeoran su genio.
–Déjate de bromas Ocasio, mas bien ponte a ayudar a los muchachos que ese maí no se recoge solo– Las burlas de Ocasio cesan pero aún sigue recostado e impasible, cobijado bajo las ramas del apamate, a lo lejos resuenan los bramidos de un becerro que llama a su madre.
–Tranquilo cámara que para allá es que voy, no se apure– El semblante de Antonio cambia y ahora es él quien se burla.
–Mejor quédese aquí cámara, descansando, eso es lo que usted mejor hace, descansar como los mozos de su ciudad, de donde usted es.
Antonio aporrea a las yeguas y sigue su camino, mientras tanto Ocasio lo ve alejarse y siente la amargura de sus palabras… El sol domina ahora toda la llanura, las vacas agachan la cabeza buscando el pasto, los caballos briosos trabajan y relinchan, los gallitos laguneros cantan y acompañan los sonidos lastimeros del carrao y a lo lejos la llanura parece infinita, plana y bañada por la luz del sol, mecida por la brisa que aplaca el calor y mese los pastos, las hojas y las palmas, trae consigo el olor de la bosta, la tierra y el mastranto. Ante semejante panorama Ocasio se siente pequeño y afortunado de poder sentir la frescura y la humedad del apamate, el olor del mastranto y el sonido de los cucaracheros, y aunque las palabras de Antonio fueron como un golpe en el estómago ya no le duelen porque él ya no es ese muchachito que llegó refinado por la vida de ciudad, él ahora es un empedernido enamorado de la dulce silueta de esa llanura que lo vuelve loco, adora su rumor y su canto, sus olores lo embelesan y sus sentidos enteros viven extasiados y anonados por su genuina belleza, el encanto de la llanura lo llama él, que es capaz de engatusar hasta el más incólume y hace que nadie quiera dejarla nunca, como él, que no se siente capaz porque esa llanura y sus extensiones son ahora su hogar, y sabe que lo serán siempre.
¡Gracias por leer mi post! Espero que lo disfruten.