El pasado 25 de abril fue la fecha del nacimiento, en 1929, de un autor español muy destacado en la poesía de habla hispana del siglo XX: José Angel Valente (Aclaratoria: en todos sus libros su segundo nombre siempre aparece sin tilde, no sé si por su origen gallego). Asociado inicialmente a la generación de poetas de 1950 (Ángel González, Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, Francisco Brines), su poesía comenzará teniendo un carácter social, como en sus libros A modo de esperanza (1954) y Poemas a Lázaro (1955). Pero irá desvinculándose de ese perfil, a partir de su libro La memoria y los signos (1960-1965), hasta entrar a desarrollar una obra poética marcada por temas como la muerte, la memoria y el amor, pero, sobre todo, por la palabra como asunto medular.
El lenguaje y la poesía constituirán la temática central de sus libros posteriores, con una mayoría de textos poéticos que se pueden inscribir en lo que la teoría literaria denomina metapoesía, es decir, la poesía que habla y reflexiona sobre la creación y la palabra poética. Será una poesía densa, a veces de cierto hermetismo, con una inclinación mística y una búsqueda del silencio y el vacío, él que fue un estudioso y pensador del misticismo español (Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Miguel de Molinos) y con influencias del misticismo oriental (sufismo y budismo zen).
Entre los libros donde se desarrolla la inclinación señalada destacan Material memoria (1977-1979), Mandorla (1982), El fulgor (1984) Al dios del lugar (1989), entre otros.
De sus lecturas de poetas y místicos, su acercamiento a ciertos pintores, construye un pensamiento ensayístico y teórico, donde resaltan sus libros: Las palabras de la tribu (1971) y La piedra y el centro (1983). También fue traductor de poetas como Cavafis, Celan, entre otros.
Recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1988), el Premio Reina Sofía de Poesía (1998) y el Premio Nacional de Poesía (póstumo, 2001), pues Valente murió en el 2000.
A continuación reproduciré algunos poemas de dos de sus libros, que acompañaré con un comentario mío. A Valente dediqué un poema que publicara en un post en esta plataforma, pero del que no conservo el enlace.
De Material memoria
Palabra
A María Zambrano
Palabra
hecha de nada.Rama
en el aire vacío.Ala
sin pájaro.Vuelo
sin alaÓrbita
de qué centro desnudo
de toda imagen.Luz
donde aún no forma
su innumerable rostro lo visible.
Será propio de la poesía de José Ángel Valente, en su búsqueda radical, la reflexión sobre la palabra desde una actitud contemplativa, donde aquella se revela como surgida de y en el vacío (la nada) y habitada por este, tal ocurre con toda creación verdadera. De allí el despojamiento, la “cortedad del decir” (en una frase usada por él en un magnífico ensayo), la presencia del silencio expresada también en el uso de los blancos espaciales.
Nada queda de la música
que no fuera tu cuerpo en el reposo
que ha seguido al amor.Ni quedaba del tiempo nada que pudiera
ni de ti ni de mí
ser dicho todavía.
Delicado poema de aire erótico, en el que la voz nos envuelve en la quietud y la suspensión del tiempo posterior al acto amoroso, y en el silencio y la nulidad del decir (también puede hacerse una interpretación donde el objeto sea la poesía).
De Al dios del lugar (sin títulos)
La oscura violencia
del sol
rompiendo en las almenas
incendiadas del aire.Pájaros.
Copiar la trama no visible
en la parva materia.Forma.
Formas con que despierta la mañana.
Su luminosa irrealidad.
Aunque los poemas no tienen título (se toma la primera frase para el Índice), en algunos, como en el copiado, aparece luego del final, hacia el lado derecho, entre paréntesis, una palabra; en este caso, “Mímesis”, que sabemos que, para los griegos, es imitación, pero en el sentido de representación de la realidad. Y visto eso podemos interpretar mejor el poema.
En él se nos entrega una visión cuestionadora de la posibilidad de la representación, pues la realidad presentada es alterada por la palabra, dando lugar a una realidad otra, la “luminosa irrealidad” de su verso final. Se trata de un paisaje de amanecer visto pero que no puede ser registrado en su esencia en la página (“la parva materia”).
La pequeña luz
de los colibríes
en las ramas
del amanecer.Bebían la flor, bebían
su naturaleza en ella.Y la flor despertaba, súbita
en el aire,
encendida,
incendiada, embebida de alas.
Es una belleza de un don casi indescriptible la que nos ofrece el poema. La luz y la oscuridad son imágenes nucleares en la poesía de Valente. Ya aparecía en el poema anterior la oscuridad asociada al sol; aquí es la luminosidad de los minúsculos pájaros (colibríes), que, en un acto casi amoroso, se satisfacen y conforman en la flor, y la transfiguran en absorbida luz alada.
Referencias:
Valente, José Angel (1992). Material memoria (1979-1989). España: Alianza Editorial.
Valente, José Angel (1989). Al dios del lugar. España: Tusquets Editores.
Un amplio estudio de la obra de José Angel Valente puede leerlo en este enlace.