Amigos lectores, siguiendo con mis microficciones, les ofrezco una nueva, esta vez un ejercicio libre para recordar tangencialmente al gran dramaturgo del barroco español, Pedro Calderón de la Barca, escritor de aguda pluma que supo hurgar en la visión antitética y elusiva, propia de la conciencia barroca.
Recostado en el diván, Segismundo Froid se hundía también en su sueño. Basilio, su psicoanalista personal, trataba de hurgar en una imagen onírica recurrente: la torre. La ambición de poder, pensó, confundido entre otros arquetipos.
Segismundo le contó aquel encuentro con una joven de nombre Rosaura (o Astrea) y su espada. ¿Cortaría esta su vínculo con este mundo? Sus temores se acrecentaban al penetrar en su subconsciente.
Recursivas imágenes se confundían en su introspección: su tierra convertida en campo bordeado de una alambrada, tropas de uniforme gris con una cruz muy antigua (la había conocido por el estudio de su discípulo Jung). ¿Alemania, su amada Polonia…?
Iba y venía. Ahora era rey; ocupaba un trono que no reconocía, y su padre se lo entregaba, aunque lo había mantenido sojuzgado en uno de esos campos carcelarios.
¿Sueño del poder o sueño de la muerte?, pasó por su mente en algún momento. Mas Basilio le preguntó: ¿Acaso la vida es sueño?
Gracias por su atención.