Mientras coloca los pequeños papeles impresos contentivos de su publicidad en los parabrisas de los carros estacionados en la calle lateral del Centro Comercial piensa en los cambios profundos de la vida.
Hace un año era un adelantado estudiante de psicología y circunstancias diversas derivaron en que ahora sea un farsante que bajo la figura de un chamán indígena realiza sesiones personales en un cuartucho con techo de palma en las afueras de la ciudad.
El teatro, sus estudios y la credulidad producida por la necesidad de quienes pagan por sus servicios, se mezclan y como una droga alucinógena provoca efectos impensados que terminan implosionando en la insondable psiquis del necesitado dando en su mayoría resultados positivos para ellos.
Casi nadie es quien en realidad desea, sino lo que el momento hace necesario y en un mundo donde las modas, los paradigmas y la cultura se ha diversificado y expandido a través de la comunicación por Internet o la telefonía celular, el ser humano es prisionero de decisiones ajenas a su verdadera identidad.
Es un ejemplo de eso y lo sabe, como camaleón que necesita sobrevivir se ha adaptado a los cambios explotando en otros lo que ha ocasionado la debacle en sí mismo; un paradoja que se hace cotidiana en la alienación frenética de las grandes metrópolis y las corporaciones quienes inventan necesidades amparados en las facilidades que los objetos o servicios proporcionan.
Todo lo fácil es un panacea, es la llave mágica que abre las apetencias y cercena la creatividad, porque de esa forma se ahorra tiempo que al final no se ocupa.
Al final, en un momento u otro, terminan acostados en su cama, quejándose de los problemas que los agobian y no pueden resolver, sin darse cuenta que nunca han intentado hacerlo, porque se han acostumbrado a lo fácil y a justificar la anemia de esfuerzos que se ha posesionado de ellos.
Al final terminan transformándose en seres desangelados que ven en el teatro y las palabras proyectadas con tono profético, que sus estudios de sicología logran que sean convincentes, una ruta de escape que les soluciona los problemas, más aun cuando las mismas vienen de un ser autóctono descendiente de grandes chamanes del pasado.
Esas recomendaciones subrepticias para ellos poseen la magia de espíritus ancestrales que han hecho un alto a su descanso eterno para venir a socorrerlos en sus aflicciones.
Sus facciones indígenas, producto del algún antepasado de alguna etnia de tiempos remotos, sumado al cuidadoso atuendo, la peluca, el maquillaje, el mobiliario estrafalario repleto de viejos frascos que supuestamente tienen menjurjes y preparados naturales o mágicos, sumado a la iluminación donde dominan las penumbras y la ejecución de sus dotes histriónicas, es el escenario perfecto para que los temores hagan aflorar los problemas y la necesidad de encontrarles una solución, que no sea complicada.
El ritual, aprendido en videos y cada vez más perfeccionado con la experiencia logra introducir a sus clientes en un mundo tan fantasioso como el que viven y saca de sus propias extrañas las soluciones que tanto buscan, él al final solo es un catalizador para que esa metamorfosis ocurra.
A cambio logra extraer de ellos el dinero necesario para vivir sin grandes comodidades, porque es cuidadoso con eso, ya que delo contrario llamaría la atención de la ley.
Ya solo coloca dos o tres pequeños volantes en los parabrisas y para eso primero se cerciora que los vehículos sean de mujeres, ya que por naturaleza estas son más sugestionables que los hombres.
Su disfraz es tan perfecto que ni siquiera sus clientes lo reconocen al verlo en la calle, donde es uno más entre el millar de transeúntes que sufren y gozan el existir.