Desnuda, entre charcos de sangre y aceite; aquel cuerpo inerte y misterioso contrastaba la triste escena callejera con su cándida piel ensangrentada y destrozada.
Decenas de heridas en forma de cruz y una quemadura en el pecho como el de una plancha con forma de ángel; sus vestiduras rasgadas amarraban sus muñecas y la sostenían del marco de dos ventanas.
Así, asesinada, lacerada y colgada, aquella figura blanca de largos cabellos negros sobre el rostro parecía un ser divino e infernal a la vez.
Cuando la policía llegó al sitio. La lluvia arreciaba, como gigantescas gotas de granizo. Avanzaron hacia la miserable plaza en la que se levantaba el cadáver.
-¡Comandante! ¿Pido refuerzos? –preguntó el oficial a una figura triste con un paraguas negro y vestida de largo gabán oscuro.
-Descuide, cabo. El oficial Ramírez y yo nos podemos hacer cargo del asunto –le respondió con un tono grave y señorial.
El oficial entró a la camioneta y se alejó de aquel sitio que destilaba terror.
-¿Quién realizó la llamada de emergencia?- interrogó el Comandante.
-No tenemos esa información aún- respondió el oficial- al parecer un desconocido desde un teléfono público.
-¿Y los vecinos? ¿Has hablado con alguno?
-Con ninguno, señor. Todos los departamentos están en silencio. Quizás sea por la avanzada hora de la noche, la lluvia o el miedo – respondió el oficial- No siempre ocurre semejante homicidio en un barrio judío.
El oficial se dirigió al cuerpo inerte y bañado en el líquido sanguinolento, producto de la mezcla del agua con los coágulos.
-¿Racismo, tal vez?
-Ni siquiera sabemos si es judía – le respondió el Comandante- No sabemos siquiera si es del barrio o no. Lo que me causa extrañeza es el silencio y la soledad. ¿Acaso es tan poco importante un homicidio en la plaza de mi edificio, para que ni siquiera un solo vecino se asome?
El comandante volteó hacia la fachada de uno de los vetustos edificios que se levantaba frente al cadáver. Observó por unos minutos las ventanas cerradas y en absoluta oscuridad. Ni el débil sonido de un radio, rokola o televisor; ni el maullido de un gato, ni nada. Absoluto silencio. Como si en ese lugar la raza humana se hubiera extinto.
-Ramírez, creo que deberías llamar a los refuerzos; no me gustaría….. ¿Ramírez? ¿Hey? ¿Ramírez?
A sus espaldas no se encontraba el oficial. No lo escuchó irse, ni escuchó pasos, ni voces. Solo silencio.
Sin embargo, la figura femenina se mecía débilmente como si por un segundo se hubiese movido.
-¡Ramírez!- llamó el Comandante; pero no recibió ninguna respuesta.
Los cabellos negros ocultaban el rostro de la difunta. Pero por un momento creyó verla llorar.
-¡Tonterías!- pensó. Aunque la curiosidad silenciaban el miedo y la racionalidad- Es una tontería.
Avanzó un poco bajo la impetuosa lluvia hacia el desnudo y lacerado cadáver colgante. Subió el ala del paraguas y acercó su cara a los cabellos mojados y largos de la figura.
-Tonterías, no es sino…
Sus ojos centellearon y la figura abrió la boca.
Intentó salir corriendo hacia el auto, con el corazón a punto de explotársele, pero este no soportó la excesiva descarga de adrenalina y colapsó.
Murió a pocos metros del cadáver.