La lucha se hace apoteósica, los dos hombres haciendo gala de sus dotes para la batalla, usan sus habilidades para intentar vencer al otro, tomando ventajas momentáneas uno y otro.
El acero de las armas emite fulgores de fuego ante la fuerza y el empuje, como relámpagos o rayos que chocan en el firmamento, anunciando la tormenta.
Se enfrenta el mejor guerrero del reino, quien comanda una revuelta popular para derrocar al mandatario, con el máximo guardián del monarca, mientras los súbditos de ambos los imitan.
Una mueca de satisfacción cruza el rostro de uno de ellos.
Hasta aquí llegan las artes del guerrero, parece decir el espadachín, y para dejar muestra de ello, culmina su faena clavando con una daga el brazo izquierdo de su contrincante, como una muestra de lo que les espera a quienes atenten contra los designios del emperador.
El guerrero ha caído de rodillas y el espadachín lo remata clavándole la espada en el pecho.
Un círculo rojo de sangre, producto de venas tronchadas, sale a borbotones ante la tozudez del corazón de dejar de bombear y se esparce en el piso donde yace el vencido, ya sin conocimiento.
Unos compañeros llegan corriendo y tratan de tapar la herida con gasas, mientras el vencedor en un acto de caballerosidad, olvidándose del fragor de la batalla, se los permite.
Se aleja del lugar y como naipes que van cayendo va pasando por su espada a otros guerreros que intentan cruzar la puerta para apoderarse del castillo.
A cada muerto, como gorila furioso, emite un grito que suena como un alarido terrorífico.
-Voy por ustedes, no huyan cobardes.
Todo queda a oscuras y un silencio sepulcral se puede sentir en el ambiente.
Como teniendo resortes en su espalda, Freddy se levanta y corre entre la oscuridad del pasillo alcanzando la puerta, con la adrenalina invadiendo su cuerpo sin escuchar los gritos de su compañero.
Con una fuerza sobrehumana logar romper la cuña que tranca la puerta y sorprendido, el portero que está distraído al otro lado, rueda por el piso, golpeándose con la pared.
Se detiene en la calle ante la mirada de extrañeza de quienes hacen cola en la taquilla para la próxima función.
Estaba tan absorto por las acciones de la película que se olvidó que estaba en un cine y que la oscuridad repentina fue producto que el primer rollo había terminado y el operador montaba el segundo.
Se siente estúpido pero su cuerpo, todavía invadido por el miedo, lo impulsa a seguir corriendo hasta su casa.