Mi infancia estuvo llena de momentos maravillosos y jocosos, otro de ellos fue sin duda, el día que como siempre, mi hermana, mi amiga vecina, y yo, estábamos en mi casa jugando y nos dimos cuenta que se había colado un ratón dentro de ella.
Decididas a atraparlo, como los más expertos exterminadores, armamos un plan que sería infalible para lograr tal fin.
Nuestra amiga movería la caja, donde nos fijamos se había escondido el ratoncito, mi hermana le arrojaría un saco roto que teníamos para jugar y yo con la escoba le daría de golpes para fulminarlo.
Ya todo planeado y orquestado, pusimos manos a la obra, mi amiga movió la caja y solo esa parte del infalible plan fue lo que llevamos a cabo, pues una vez que el ratón salió corriendo despavorido, nuestros gritos y saltos se intercambiaron por el saco y la escoba, que no llegamos a utilizar porque estábamos más asustadas que el mismo roedor.
En nuestra imaginación lo veíamos monstruoso y gigante e intentábamos alcanzar el techo o volar para escapar de sus garras.
El ratón, del susto que se llevó por tanta algarabía humana, salió disparado y se fue por donde mismo entró y un momento más tarde solo se oían en la casa nuestras risas nerviosas y disparatadas.