Despertar de rosa.
Tantos años de casados
y de dormir siempre juntos,
pero ahora le pasaba
algo extraño a Juan Augusto
pues despertó de repente
y al mirar al lado suyo,
estaba ella la de siempre,
la de sus eternos gustos.
Ella aún dormida estaba
y él la contemplaba mudo:
la rosa no era la misma
de destellos en sus usos
y grieta en la piel tan blanca
marcaban punto con punto.
Marina estaba en la etapa
que conduce a lo maduro,
pero cierto tiempo hacía
que le pasaba algo duro:
su piel... su piel tan sutil
mostraba otro aspecto puro,
pero era porque la edad
llegaba sin mucho apuro
a empeñarse en su silueta
y a plasmar otros dibujos
Juan Augusto reflexivo
sintió en el momento justo
mil ganas de acariciarla
y, tomándola del pulso
la recostó de su pecho
y le brindó un beso agudo
mientras agradecimiento
daba en el momento justo
de seguir toda su vida
con alguien así que asuntos
compartían con el alma
durante cada minuto.
Esa era su compañera
de relojes y de lustros
a quien siempre ha sido fiel
y no detalló segundos.
Pero al mirarse al espejo
y observar su rostro mustio
notó que en esa apariencia
mostraba iguales impulsos,
y le dio gracias a Dios
por ese aspecto venusto
que había perdido frescura
pero no lo tierno y puro.
Además, esa mujer
era en un modo absoluto
simpática, complaciente
y de estímulo seguro,
y tomándola del rostro
exclamó con mucho orgullo
¡¡¡qué bello es que ambos hayamos
envejecido así juntos!