El viento y sus tonalidades , las que le regala el agua, con sus caprichosas caricias.
Las tonalidades que emergen de los frescores del verdor, de las siluetas veraniegas
y de los caprichos de Dios.
Una ciudad se rinde ante los maravillosos colores que le regala el viento. Una ciudad se maravilla ante la esquizofrenia de la naturaleza, que ante tanta pandemia regala, una tarde colorida.
Los arco-iris siempre me han parecido, uno de los regalos más sublimes de la ciencia y una proeza de lo noble que es la naturaleza. Mucha luz blanca fragmentada, mucho prisma en la cara de infinitas gotas que no terminan de caer, para acabar en un minúsculo instante en donde todo vuelve a nacer.
Estas fotos, las publiqué en mis redes sociales el mismo día que tuve la fortuna de captarla, maravillado coloqué "ya no hay duda, los arcoiris nacen en el Warairarepano" haciendo referencia a la impetuosa montaña que custodia Caracas, la ciudad más contrastada que cualquier pudiera recordar jamás.