Pretextos sutiles fueron el constante roce de tus manos, el ligero contacto de mis dedos con tu largo, suave y esbelto cuello, así, sin más, fueron el perfecto atajo para recorrer el pequeño camino que separa nuestras existencias.
Senda fructuosa en recíproca sinfonía circundaron nuestros sentidos de inquietudes y obcecaciones, en parvo tiempo fueron ganando espacios tus carencias y las mías, desnudando con pundonor éstas almas, que esperaban ambiciosas ir al encuentro del amor.
No era la primera vez que albergaba un cuerpo entre mis brazos ni que saboreaba el dulce néctar de carnosos labios ni que sentía el confortable calor de un hermoso cuerpo femenino.
Pero nunca como el mío, te ofreció tanto deleite, cuerpo ardoroso y cimbreante que te hacía enloquecer, labios anhelantes bañados en tu miel te encumbraban al Olimpo e invocabas mis fragancias.
Mientras olía de cerca tu delicado aroma bebí tus néctares, con avidez me embriagué de tu perfume, palpé y acaricié cada centímetro de tu suave y tersa anatomía, adoré y besé cada poro de tu excitado pecho,
degusté cada gota del vino decantado por tu piel y respire el aire que exhalabas.
Sentí alborozo de tu pecho transpirado, mis manos recorrieron tu dorso, ciñéndolo en señal manifiesta de infinito placer, me sacié de cada uno de tus recintos, anhelando al compás de tu cuerpo el clímax, a tanta codicia.
Me adentré en tu existencia. disfrutando plenamente al sentirte mía, me entregué en cuerpo y alma terminando, al recibir tu influjo por entregarte mi alegría.