PRIMA BAILARINA
Se detuvo a pocos metros y vio a un niño jugando con una pelota en el jardín. Era de cabello castaño como el de ella; se emocionó. Era delgado y con largas piernas, posiblemente le gustaba la danza como a ella o tal vez era deportista como su padre.
Aunque soñó con este reencuentro muchas veces, no fue capaz de bajarse de su carro y se quedó sentada pensando en qué le diría cuando lo abrazara. Tenía miles de historias para contarles. Los grandes escenarios donde había bailado, las bellas ciudades en las que había estado, las postales que, año tras año, fue acumulando mientras alcanzaba ser prima bailarina. Tenía una caja con todos los programas en donde aparecía su nombre.
“No le traje una pelota”, pensó. “Hubiese sido bueno comprar una de muchos colores.”
El clima fue cambiando y Elena seguía con las manos en el volante queriendo correr como lo había hecho 10 años atrás. “Javier tiene 13 años. ¿Se recordará de mí?”. Unas gotas de lluvia empezaron a caer sobre el vidrio del carro y Elena salió de sus pensamientos.
La puerta de la casa se abrió y una mujer, con una niña tomada de su mano, se detuvo en el porche.
̶ Javier, hijo, entra que está empezando a llover.
̶ Mamáaa… yo quiero jugar en la lluvia. ¿Puedo, puedo? ¡Di que sí! Dijo el niño mientras buscaba su pelota y corría a la entrada de la casa.
Elena oyó todo y se sorprendió. "¿Quién era esa mujer rubia que su hijo llamaba mamá?"
̶ Mamá: ¿Yo también puedo jugar en la lluvia? Dijo, la niña.
Aunque Elena estaba distante escuchó perfectamente que su hija también llamó madre a aquella intrusa. “¿Qué sueño horroroso es este?” Se preguntó. ¡Ellos son mis hijos! Balbuceó entre sus labios.
Abrió su cartera para sacar un pañuelo y se limpió unas lágrimas que rodaban por su nariz. Miró a través de la ventana empañada de su carro la obediencia del niño que entró a la casa; el abrazo, amoroso, de los tres y los besos tiernos de la rubia a sus hijos, “mis hijos, mis hijos” se repetía sin cesar.
De pronto, un carro se estacionó en frente del jardín y un hombre, con paraguas, se bajó. Era Javier su ex. Al verlo, sus recuerdos de veinte años regresaron amargamente; la desaprobación de su vida artística, con dos hijos: uno de tres años y otra de meses, la rutina del desayuno o de la cena; ambos sin emoción. Es que acaso esas comidas debían ser la misma coreografía, todos los días.
Sola, en su casa, engordando, visitada por una que otra vecina para intercambiar una receta de cocina o para charlar de las ofertas del supermercado o para mirar juntas una serie de televisión. Respiró mientras cerró sus ojos.
Abrió, nuevamente, su cartera y vio su fotografía firmada por toda la Compañía de Danza. Sonrió.
Javier ya había llegado al porche y todos salieron a recibirle. Parecían una familia feliz.
La lluvia se hizo más fuerte y Elena seguía sumergida en sus pensamientos. Las nubes fueron llevadas por el viento hacia otros lugares y ya solo caían unas pocas gotas. “¿Qué hago aquí?” Se preguntó en voz tenue.
Hace diez años había dejado de vivir. Toda su corta vida la dedicó bailar. Desde los cuatro años sus piernas aprendieron posiciones de ballet y esa era su pasión. Pero al cumplir quince años se enamoró de un joven deportista que la espera, todos los días, fuera del teatro donde ensayaba.
A los dieciséis, se casó con su príncipe futbolista y al año estaba en el hospital pariendo a Javier. Muchas luces se habían apagado en el teatro de su vida pero una, muy tierna, se había encendido.
“¿Qué hago aquí?” Se susurró nuevamente.
Ella sintió haberlo perdido todo; sus esfuerzos, sus dietas, su figura, sus amigos, sus sueños y sus ilusiones. Al mismo tiempo tenía a un hombre que la amaba y que le daba la oportunidad de ser madre. “Fue hace tantos años” pensó.
Ante el vidrio de su carro, salpicado con gotas de la fugaz llovizna, recordaba aquellos tres años de amor y amarguras, de pasión y locura. Su mirada triste al verse frente al espejo y su consuelo de ser una madre abnegada.
Cuando emprendió el viaje a su casa no sabía lo que quería. ¿Para qué regresar al centro de mis conflictos?, se preguntaba. Manejó serenamente todo el trayecto sin dejar de buscar respuestas en su cabeza y también en su corazón.
“Siempre quise ser prima bailarina o por lo menos desde que comprendí que el ballet era yo misma. Ser madre, es lindo, pero nunca fue mi sueño más anhelado.” Elena pensaba y hablaba consigo misma. Sus imágenes de niña con pies ligeros y piernas firmes, y luego pasar a ser bailarina del montón, llegaban de su memoria, sin previo aviso.
Su regreso a las tablas no fue nada fácil. Hizo un esfuerzo brutal para poner a tono todos sus talentos. Tuvo que mostrar y demostrar, a cada minuto, que su vocación era bailar; hasta que logró ser la primera figura femenina en la compañía. Después, la gloria, la fama, los reflectores, los autógrafos, las felicitaciones, las cenas, los hoteles y los viajes.
“Nunca más un hombre, un enamorado”, -se dijo.
Las sonrisas de sus niños de vez en cuando llegaban al camerino. Sentimiento de culpa, tal vez.
Salió del carro y caminó hacia el buzón del correo de su antigua casa, en la húmeda y desolada calle. En la mano llevaba su fotografía interpretando el Cisne Negro; se detuvo un instante mientras un aire frío le acariciaba el cabello. No tenía dónde apoyarse por lo que su otra mano le sirvió de soporte. “Para mis hijos con amor. Siempre los he amado. Elena”, escribió convencida. La colocó en el buzón y partió hacia el teatro, de nuevo; esta vez mirando hacia atrás, serenamente y sin remordimientos.
![]()
Fuente: Wikimedia
