RISOTADA
Algunos amigos del hombre fallecido habían llegado a acompañar a la familia, o mejor dicho a la única familia que le habían conocido: Doña Emeteria.
Ella era una mujer morena de cabello recio y con baja de estatura. Nadie sabía con certeza su edad pero tendría como 35 años. La timidez de su carácter era bien conocida en el pueblo. Nunca se atrevió a contradecir a Alberto aun cuando él estuviese equivocado.
Doña Emeteria era la forma en que Alberto la presentaba en las escasas reuniones sociales a las que asistían juntos. Ella no tenía permiso de su marido para salir sola, ni siquiera para comprar una caja de fósforos en la bodega más cercana; y Alberto no la llevaba a todos los lugares donde él iba.
Doña Emeteria, generalmente, estaba en su casa criando gallinas y haciendo manjares para compartir con Alberto por las tardes. Durante el día regalaba con agua las plantas con flores que tenía en el pórtico de su casa. Hacía la limpieza de la casa, oía las radionovelas mientras cocinaba y leía una que otra revista de farándula.
No obstante, ella era una mujer feliz, o por lo menos mucho más feliz que cuando vivía con sus padres y cinco hermanas en otro pueblo, antes de casarse con Alberto.
Las lágrimas de Doña Emeteria brotaban de sus ojos como riachuelos en primavera. Parecía no tener consuelo por la pérdida de Alberto que murió a causa de la cirrosis en el hígado, por el exceso de alcohol que consumió durante toda su vida.
Viuda y tan joven, eran las palabras que se oían de los acompañantes al duelo. Doña Emeterio las escuchaba y se acongojaba en su silla.
Llegada la hora de ir al cementerio, con la urna en hombros de los hombres más fuertes, Doña Emeteria se levantó estoicamente, se limpió las lágrimas de sus mejillas con un pañuelito húmedo que tenía en sus manos y se colocó adelante del féretro para iniciar la última caminata junto a su marido.
Durante el trayecto Doña Emeteria se abstrajo en sus pensamientos. Miles de momentos pasaron por su memoria. Las acciones egoístas de Alberto y su vida displicente con ella. El poco cariño demostrado por él durante sus 10 años de casados, su alcoholismo creciente y todos los radios que había roto al lanzarlos contra el piso cada vez que perdía una apuesta de caballos. La vida de casada no fue la mejor pero ahora estaba viuda. ¿Qué iría a suceder con ella? Se preguntaba en su mente.
Recordó los ahorros que tenía escondido debajo del colchón. Era poco dinero pero suficiente para hacer un viaje anhelado hacia la gran ciudad. Sí, se iría del pueblo inmediatamente después del entierro.
Llegaron al hueco y colocaron la urna en el suelo de tierra. Allí se dirían las palabras de adiós. Todos homenajearon al buen amigo, al compadre, al hombre generoso y al alma de fiesta. Doña Emeteria escuchaba en silencio y entonces lanzó una risotada que dejó perpleja a los asistentes.
¡Desgraciado!, dijo como palabra de despedida.
Se dio media vuelta y nunca más fue vista por aquellos lugares.


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