El alma sumergida
Silencio. El bosque, las extensiones después del bosque, el hogar. Silencio profundo, indestructible, que se respira, se mete en los poros, se vive. Silencio y tranquilidad, o lo que es lo mismo, ningún acontecimiento importante. Nada que haga alterar el mundo conocido, que lo haga estremecer hasta sus cimientos, que lo haga cambiar, para bien o mal.
«¿Qué es peor —preguntaba— la guerra con los humanos o formar parte del paisaje?». Llegar a esconder la existencia a tal punto era ir demasiado lejos, era como no existir en verdad.
«Lo hacemos para preservar la vida. No hay otro modo», respondía la madre, preocupada ante los comentarios de la hija, mientras que un temor iba engrandeciéndose cuando veía esos ojos vacíos de expresión que no poseían ninguna alegría, y lo que era peor, ningún miedo. Quién es más peligroso que quien no tiene miedo de las consecuencias...
No obstante, la hija dejó de formular preguntas incómodas de manera casual, dejó de cuestionarse en voz alta qué cosas estaban bien y cuáles no, dejó de insinuar la constante insatisfacción que la acechaba cada día. Se convirtió dócilmente en parte del paisaje, como todos los demás, y se apagó lentamente. Una luz que no alcanzó su máximo esplendor y bajó la potencia hasta empequeñecerse, pronta a convertirte en oscuridad.
Pese al aparente cambio, la madre la observaba constantemente, preocupada. Un alma como la de su hija no era de las que podía vivir muerta, había nacido para la vida, su corazón inquieto pedía llamas. Tenía miedo del día que descubriera que era más grande su deseo de vivir a cualquier costo, vivir de verdad, que seguir muerta en una comodidad que no llenaba los vacíos de su vida.
Eso esperaba, el día en que June cediera a sus impulsos. Bien sabía que nunca había encajado con la forma de vida de todos los suyos, una que consistía en ver pasar la vida dócilmente en el mismo lugar silencioso donde no pasaba ningún acontecimiento importante, para bien o para mal.