Era joven la mujer portadora de grandes heridas. Tenía dos motivos por los cuales le gustaba vestirse de negro: el primero, porque su alma prometió recordar a los que habían partido, y el segundo porque lucía estupendamente bien con este color reservado para el deceso.
Por tal motivo se sintió atraída la primera vez que lo vio en un escaparate de una tienda de antigüedades, y gastó una buena parte de su salario para adquirirlo.
El vestido era viejo pero estaba conservado, no le quedaba a la medida pero tampoco le lucía mal, y lo mejor de todo era la comodidad de la tela y la forma.
Decidió usarlo pronto, algo cómodo y bonito para un día especial que quería celebrar junto a sus familiares, pero, recordando por el color de la tela, esa promesa silenciosa de no olvidar jamás ese amor que había perdido bajo las garras de la muerte.
Ella funcionaba para no ofender a los vivos y recordaba para consolarse de la ausencia. Intentaba vivir lo mejor que podía por aquellos que ya no podían hacerlo.
Ese era el plan inicial respecto al vestido, y sin embargo, no pudo cumplirlo. En un día cualquiera, al salir de la ducha y abrir el armario tomó el vestido como si fuese lo natural y se lo colocó.
Al verla cruzar el jardín la madre detuvo sus quehaceres, para mirar, asustada, la sombra que había pasado frente a sus ojos. Cuando Roma entró en la casa, la madre respiró profundo y se permitió relajarse.
—¿Qué haces vestida así? —preguntó. Roma se encogió de hombros, distraída.
—Nada especial. Compré este vestido y me lo estaba probando, me dió pereza quitármelo.
—Me diste un gran susto.
—¿Por qué?
Su madre se había vuelto muy sensible con el pasar de los años, contrario a ella.
—Es que creí ver... Nada, no importa.
Roma fue despertada al día siguiente con una terrible noticia, la muerte inesperada y repentina de un amigo de la familia. La mujer sintió una opresión instantánea en el pecho, y se preguntó, mientras veía llorar a su madre: ¿Será que este es el año de las desgracias? Conocidos, amigos, familiares, y sus propios allegados...
Su madre se lamentaba en voz baja, formulándose preguntas que no tenían respuestas. Se la veía tan frágil que Roma temía por su corazón. ¿Un corazón podía desgastarse con las malas noticias?
Quiso apartarla del dolor, refugiarla tras una coraza que la hiciera absorber la tragedia lentamente y no de un golpe, pero no sabía cómo hacerlo. Cómo salvarla del dolor del mundo, así que la dejó llorar.
La segunda vez su madre lo dejó pasar, pero no la tercera. Enfrentó a Roma.
—¿Qué sucede contigo? —dijo para empezar. Y para finalizar, le ordenó que se deshiciera de ese vestido maldito que atraía la desgracia.
—¿De verdad crees que este vestido es el culpable de todas esas muertes?
—Sé que no es una casualidad. Cada vez que te lo pones ocurre. Mientras yo lloro las pérdidas, tú miras a la nada, como si te gustara llevarlo encima. ¿Por qué no lo has botado?
Roma guardó silencio por un breve momento, luego respondió:
—Entonces... ¿Crees que lo hago a propósito? ¿Que disfruto de lo que sucede a mi alrededor y por eso lo provoco?
La madre dijo algo de un corazón de piedra, pero antes de escucharla por completo, Roma se encerró en la habitación, dónde se quitó el vestido y lo dejó en un rincón.
Se quedó en ropa interior, sentada en el suelo, contemplando la habitación blanca que desde abajo se veía gigante.
«¿Efecto mariposa?», se preguntó. De eso la acusaba su madre, de causar caos en la vida de otras personas con solo batir sus alas negras en forma de vestido.
Roma pensó en los momentos posteriores después de recibir las noticias. Intentaba continuar con su vida como normalmente era, pero la asaltaban preguntas, dudas, certezas. Notaba que ciertos problemas que parecían gigantes, como los financieros, se reducían a nada, y solo quedaba una cuestión que tenía que ver más con la vida.
Se despojaba de todo lo demás en esos instantes en que la muerte abría una brecha por la cual ver la realidad. Los seres humanos vivían tan absorbidos por problemas cotidianos que se olvidaban de la muerte, esa pausa en un mundo vertiginoso que los hacía pensar. Quizá eso era lo que buscaban desde un principio, olvidarse de ella y absorberse, de lo contrario corrían el riesgo de quedarse paralizados...
Roma no le dijo a su madre que ella no decidía ponerse el vestido, era el vestido que decidía ser usado y le contaba, silenciosamente, historias que no se atrevía a decir en voz alta. No le contó que ella, como todos, no era inmune al miedo y el dolor que traía consigo pensar en la muerte, o la muerte misma.
No la informó de la ansiedad y lo mucho que sufría cuando el vestido quería ser usado nuevamente, y en esos momentos pensaba sin cesar: ¿Quién será esta vez? Fue incapaz de decirle que temía el día que el vestido anunciara la muerte de su querida madre, porque iba a ser el día en que se quedara sola en este mundo y ni siquiera podría estar para comprobar que su corazón no era de roca ni de acero.
Por eso, al igual que todos los que estaban conscientes del fin, a su modo, se esforzaba por vivir y hacer recuerdos. Después de todo eran asideros a los que aferrarse cuando la muerte lo arrasaba todo a su paso. Certera, inevitable.