Sombras infinitas
II
Contacto con la muerte
El canto de los gallos la alcanzó en la oscuridad. Pronto tuvo consciencia de que no se encontraba en su habitación, ya que cada mañana en su casa era insoportablemente ruidosa: los niños vivían gritando, mientras que los adultos corrían tras de ellos para reprenderlos, causando un estruendo matutino y descomunal que repiqueteaba en su cabeza. En cambio este sitio era silencioso, pese a que por encima de esa tranquilidad se escuchaban los ruidos producidos por los animales. Pero eran ruidos apagados, flojos, que no duraban, como bien demostró el gallo que estuviera cantando hacía poco.
Por primera vez en mucho tiempo sentía que había logrado descansar, esperaba que con unos días de largo sueño y descanso pudiera hacer que las ojeras, producto del tormento diario en su casa, desaparecieran de su rostro. Se levantó y corrió la cortina de la ventana, fue en ese instante cuando notó que el sol estaba en lo alto, haciéndole saber que era más tarde de lo que pensaba, de lo que las sombras en la habitación le habían hecho creer.
Después de estirar las sábanas y colocar la maleta encima de la cama, se dio cuenta de que dentro todo era un desastre, y cómo no, si no había tenido tiempo de prepararla. Se recordó caminando de forma desesperada a uno y otro lado de su habitación, con lágrimas en los ojos y las manos temblorosas. Se vio a sí misma sacando cualquier prenda del armario y lanzándola a la cama, antes de enrollarlas todas y meterlas de cualquier forma en la valija.
Su madre la había mirado con reproche, preguntándole si se iba a ir con un hombre con el que apenas tenía meses de noviazgo, con el cual ni siquiera había formalizado la relación. En ese sentido le importaba poco lo que pudiera decir la gente, ni siquiera estaba segura de querer formalizar nada, aunque debía admitir que no le gustaba la idea de haber tomado la decisión de irse con Max, así fuera momentáneamente, empujada por lo mal que la hacían sentir todos. Sabía que esos no eran los motivos correctos, pero fuera como fuere, ya estaba hecho.
Al salir de la habitación se sorprendió de no encontrar a Max esperándola, de hecho, el silencio de la casa parecía indicar que no había nadie. Recorrió el espacio, con curiosidad y creciente interés, ya que era la primera vez que estaba ahí, y al pararse frente a una ventana la ausencia del carro confirmó sus sospechas de que Max había salido. No se le ocurría a dónde podría haber ido o por qué, pero se sintió un poco decepcionada. Había querido encontrarlo.
El estado no duró mucho, ya que al entrar en la cocina no pudo contener una sonrisa tonta por el desayuno que reposaba en la mesa. Junto al plato había una nota, que leyó y dejó de lado antes de empezar a comer. Descubrió que tenía un hambre voraz.
Era más de mediodía cuando terminó de desayunar y salió de la casa, impulsada en parte por las ganas de explorar y en parte por el aburrimiento que había empezado a sentir. Nunca antes había estado en una granja, y mucho menos en un sitio como aquel, árido y desértico. Sabía que no había vecinos, por lo menos no cercanos, y las únicas personas que rondaban por la propiedad eran unos cuantos trabajadores. No era un lugar hermoso, más bien era seco, desgastado, en el que la vida no parecía florecer, ni siquiera los animales abundaban.
El sol era fulgurante y un breve recorrido le había hecho poner la cara roja, sentía la piel caliente y ardiendo. No encontró mucho que ver, pese a que el terreno que cercaba la casa era enorme. Pronto se cansó de caminar sin tener ningún motivo concreto entre manos, así que se sentó a la sombra de un pequeño árbol, que debía ser realmente fuerte si seguía vivo.
Si había querido espacio y tranquilidad, ahí lo tenía, pensó, limpiándose el sudor que le bajaba de la frente. Solo que no había contado con que fuera de esa manera, aquella paz le producía inquietud. Sacudió esos pensamientos, sabiendo que no era una buena idea encarrilarse por ahí. Seguramente se sentía sola y desanimada porque Max no estaba, una vez llegara podrían divertirse juntos, podría deshacerse de eso que estuviera sintiendo en el pecho.
Pensó en esto mientras veía a los animales famélicos de la granja, comiendo sin ganas y con un brillo feroz tras los ojos, algo un poco contradictorio a su desgana. Le pareció raro, pero se forzó a sonreír, diciéndose una vez más que cuando Max llegara todo sería diferente, solo que no se sintió muy convencida de creerlo.
Pasados unos minutos el carro entró en la propiedad, aunque Anastasia no pudo ver a Max desde el primer momento, ya que el coche tenía los vidrios subidos. Sabía que él había crecido en una familia adinerada, que tenían muchas propiedades, pero no se le ocurrió ninguna buena razón para que quisieran aquella en particular: una granja fea en el medio de la nada, desafiando a aquellos parajes que parecían querer estar despoblados.
¿Quizá se trataba de algo simbólico? Lo hubiese sopesado seriamente si la granja estuviese cuidada, pero su fachada, pese a lo imponente que era, no parecía haber sido arreglada en muchos años. Nadie parecía tener particular interés en reparar lo que estuviese roto, viejo o disfuncional. Siendo así no entendía cómo o por qué querían conservarla. Cualquiera que la viera creería que no le haría honor al apellido Sagasti. Eso le causó más curiosidad y decidió que le preguntaría a Max acerca de eso más tarde.
Cuando ya casi llegaba al carro se quedó paralizada. El rostro de Max tenía una expresión indescifrable, una que no había visto antes y no sabía qué significaba. Cuando vio que Anastasia estaba cerca y lo había notado, intentó componer la cara, pero era tarde para disimular.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—Una mañana larga, pero no es nada. Ven aquí.
Se saludaron apropiadamente y se dirigieron al interior de la casa, donde Max le relató que había ido a la propiedad de los Hernández, una familia muy amiga de la suya. Le contó que había podido reencontrarse con algunos buenos amigos: Isaac, Eddy, Marco… Hubiese querido que los conociera pero la había visto tan cansada que no había querido despertarla.
Era cierto, pensó. Había caído como un peso muerto, desde el día anterior hasta el mediodía.
—¿Cuándo me llevarás? —le preguntó, emocionada ante la idea de conocer a sus amigos… Y de salir de ahí. Pero Max se encogió de hombros, desanimado. No parecía gustarle la idea. ¿No quería?
—No sé… Quizá es mejor que no vayamos por ahí durante un tiempo. Están ocupados con algunos asuntos. De hecho, he estado pensando que no sé por qué te traje hasta acá, sé que te dije que tenía que resolver cosas aquí pero supongo que debí dejarte en la ciudad mientras tanto, quizá en la casa de playa de la familia. Todo esto es tan aburrido y solo que quizá te sientas fuera de lugar.
Anastasia se acercó y le colocó una mano en el hombro, conciliadora. Quería tranquilizarlo, decirle que no se preocupara, que estaban juntos en eso y le alegraba su compañía, pero él ni siquiera pareció darse cuenta del contacto. Seguía con la mirada ausente.
—¿Sabes qué? No tenemos por qué quedarnos. Mañana mismo, a primera hora, nos vamos.
—¿Estás seguro? —le preguntó. Max asintió.
—Si necesitas hacer algo aquí no tengo problemas en quedarme unos cuantos días más…
Pero él negó con la cabeza, vehemente. Lo que Anastasia le dijo era cierto. Hubiese estado dispuesta a quedarse por más tiempo, pero en gran medida se alegraba de que él no hubiese aceptado. La realidad era que sí quería marcharse.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Max, tratando de sonar animado con el cambio de tema—. Por lo visto ya has estado afuera, conociendo la propiedad… O gran parte de ella. Acá hay ciertos escondrijos que no podrías encontrar por ti misma, ¿quieres que te los muestre?
Anastasia suspiró de alivio, volvía a sonar como Max. Asintió animada, aunque en realidad le importaba poco lo que hicieran, siempre y cuando volviera a ser él mismo. Max se levantó de la silla y ella se quedó a medio hacer, ya que escuchó pasos apresurados que se transformaron en las presencias jadeantes de dos empleados. El más joven tenía la cara roja y no precisamente por el sol, sus ojos estaban húmedos. El otro, que mantenía la compostura por pura fuerza de voluntad, fue el que habló:
—Max, tienes que ver esto.
Max, que se había quedado petrificado, no pudo decir nada. El rostro y la urgencia empleada en la voz del hombre no dejaba dudas de que se trataba de algo serio. Una mirada de sospecha se dibujó en su rostro, de esas que suponen algo pero ruegan que no sea cierto. Anastasia se levantó de la silla, dispuesta a ir con ellos, pero el trabajador negó con la cabeza.
—Mejor es que se quede.
—¿Qué?¡No! Quiero ir.
«Yo también quiero enterarme de qué sucede», pensó. Max la miró y accedió, quizá porque vio en su rostro una determinación con la que no planeaba luchar, o porque estaba tan turbado que no sabía lo que estaba haciendo.
Ya en el gallinero pudieron ver de qué se trataba todo. En el suelo estaba tirado un cuerpo con los brazos extendidos a ambos lados. Anastasia apartó la mirada por un momento, tratando de asimilar lo que sucedía. Por los rostros compungidos, estaba claro que no tenía vida.
—¿Aquí también? —preguntó Max, en un susurro.
«¿A qué te refieres?», quiso preguntarle Anastasia, pero no se atrevió a hablar.
—Sí, al igual que en la casa de los Hernández —respondió el hombre.
Anastasia miró la espalda de Max, comprendiendo por qué había estado tan extraño, preguntándose por qué le había ocultado lo que había sucedido en la granja de los Hernández y que sin duda también había presenciado. ¿Acaso era lo más normal del mundo encontrar cuerpos regados por las granjas? ¿Ocultar los acontecimientos y fingir que nada había pasado? Se dio cuenta de que en realidad no lo conocía tan bien como creía, y que tal vez él no confiara lo suficiente en ella para contarle sus problemas y liberar sus sentimientos.
Pero cuando dejó de ocultarse a su espalda y lo miró a la cara no pudo decirle nada. Su rostro era una mueca de terror y pasmo, apretaba la mandíbula como si temiera echarse a gritar. Tenía la vista clavada en el cadáver, sin no pudiera apartarla. Anastasia siguió la trayectoria de su mirada y pudo ver mejor el cuerpo que se encontraba en el suelo.
A pesar de estar boca arriba se hallaba en una posición extraña, imposible. Tenía en el cuerpo excremento de gallina, plumas y sangre, todo mezclado en un juego de colores que hacían que pasara desapercibido fácilmente, aunque no lo suficiente para escaparse de los ojos de quien lo hubiese encontrado. Hubiese podido pasar por alguien que dormía en horario laboral de no ser por la posición de su cuerpo y porque a corta distancia podía apreciarse la abolladura que tenía en el cráneo, la sangre que cubría la mitad de la cara.
Sin darse cuenta, Anastasia estaba conteniendo la respiración, pero no dejó de ver. Notó que el muchacho tenía los ojos entreabiertos, y de esas pequeñas aberturas chorreaba un líquido supurante. En las cuencas vacías de ojos nadaban los gusanos.
Se volvió bruscamente y vomitó.
<--- Primera parte
El de la oscuridad