Llegaba el alba gritando su alegría
y yo marchito en el suelo reposaba
sobre mis tiernas angustias,
esperaba el día para verte
y solo llegó tu nombre
a invadirme, en sonoro, el pensar.
Miraba al infinito sin gestos,
mudo de soluciones y envuelto
en la torpe danza de las cortinas
de mi cálida habitación.
Y un santiamén bastó
para dejar correr tu nombre
en los vetustos pasillos
de cada hogar en los que viví
y sin tocar la puerta,
con el brío con el que dominabas
mis momentos,
sin saludar, pasaste.
Fue un ayer, lo recuerdo, sí,
trasgrediste el templo de mi lecho,
con la amnesia de haber cumplido
una década anodina cuando un mayo,
migraste prometiendo volver sin eco
y maltratándome con el consuelo
de haberte tenido,
inquilina de mi mando.
—¿A qué has venido a mi casa?
¿Es que, acaso, te incomoda el olvido
o fuere que no superaste no hacerme
tanto estruendo? —le dije.
Disimulaba rabia en la cien,
pero siempre es sincero el sudor
y por más que ensayé el discurso
que daba a las paredes vecinas,
arribó el suspiro que delataba
el amor hacia tu nebuloso espectro.
Memorias de común vida caminaban
en las ondas que inevitablemente
repetían tu nombre en los espejos
que me pintaban bello tu rostro.
—¡Vete, hoy no podemos jugar,
juré gritarte mi olvido en tus visitas!
¡Márchate y no vuelvas! A menos que quieras
ponerle punto al adiós —repetí en alto.
Así grité verdades al aire,
dando gris melodía a la partida,
arrojando mi esperanza de cristal
al suelo, donde quebrase mi calma
y desgarradoramente oyera el sustantivo
que imploraba borrarme como existencia.
—¡Intrusa siempre arribas! ¡Cobarde!
Te has colado por las rendijas...
Te arrancaré de la sangre
por donde venas caminas
y circulas infame,
sin pagar las deudas inquilinas
de tus malos andares —reclamé.
Y al song del curativo desahogo,
con una brisa ya sin su perfume,
invisible de su rastro leproso,
cerré la ventana de mi alma
para dar fin al monólogo de su ser
y extraer del corazón la rebeldía
que supuse usé de protesta
ante el desentendimiento
de las noches somnolientes,
horas que en sombra
cometía el pecado ruido
de preguntarme
que habría sido
de su nombre.
Foto de mi Autoría - Derechos Reservados
Nikon D5200 - Lente 35 mm
Modelo: Grecia
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