Daniela, una chica de mi barrio
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Cuando Daniela tuvo dos años conoció a un padre, luego a otro y a otro. Filas de padres pasaron por su casa que solo era una sola habitación donde estaba la cocinita, la nevera y una sola cama. Allí, a su lado, durmieron hombres que solo amaron a su madre de paso y que dejaron a su madre más resentida y a Daniela más huérfana: por tu culpa ningún hombre se fija en mí, por tu culpa dejé de estudiar, por tu culpa perdí mis mejores años. Daniela creció creyéndose la cruz pesada de aquellos hombros, el obstáculo, la piedra, la insatisfacción de cualquier madre.
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Fue así como Daniela creció en la calle, sin advertir jamás el peligro que corría. Rebotaba de un lado a otro como una sepulcral sombra bajo un cielo ausente. Su piel amarillenta, dura y envejecida, no es la de una niña, ni la de una muchacha sino la de un ser que ha llevado golpes. Porque Daniela se convirtió tempranamente en un cuerpo yerto y pasivo para muchos hombres.
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Ante la demanda exigua, Daniela se ve en la necesidad de jugarse la vida diariamente, encararse con la muerte, a veces con la mínima posibilidad de ganar. Se ha caído a golpes con otras mujeres, con hombres, pero también con perros callejeros con los que se pelea por un pedazo de pan. A ella nada ni nadie la detiene, aunque cada día de ella muera un pedazo y ya nadie pueda salvarla.
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Daniela camina con las manos bañadas en sangre por las calles de mi barrio, y los transeúntes no sabemos si aquella sangre es de un hombre o de un animal. O simplemente está sucia de ella misma, porque poco a poco, infectada y rota, Daniela se muere y nadie lo ve.