Demasiado tarde
Ya afuera, uno de mis compañeros fue hacia la ambulancia estacionada en la penumbra de la calle. Una decena de vecinos merodeaban el lugar, tratando de ver hacia adentro. Los vecinos cuchicheaban que el hombre tenía tres hijos, los cuales estaban fuera del país y que su mujer lo había dejado hacía años por un marinero que vino un día y se la llevó con él. También por los vecinos supimos que el hombre generalmente salía todas las mañanas a un trabajo que tenía en el centro, pero que tenía tres días que no lo hacía. Presumimos, entonces, que aquel era, más o menos, el tiempo que llevaba muerto.
Atravesé nuevamente el umbral de la casa y traté de mirar el entorno: el suelo sucio, la comida roída por las ratas, algún objeto que me diera indicio de los últimos días. Sobre la mesa del televisor, un vaso vacío y un plato con restos de comida era el hogar perfecto de unas moscas azules; la única silla en toda la sala tenía también restos de comida y a su lado, en el suelo sucio, un manojo de cartas viejas. En ese instante pensé que rescatar las difusas historias de una vida solitaria podía ser una tarea infructuosa. La necesidad de palabras afectivas, de un gesto amable, la vitalidad mutilada, no eran cosas que se pudieran ver en aquellos escombros de inmundicia.
Después que los otros se fueron y la ambulancia se fue dejando un eco en el aire, regresé silenciosamente a la habitación. Allí, encendí un cigarro y miré hacia todos los rincones, hacia todas partes. En mitad de la oscuridad solo se escuchaba el silencio. Miré por la ventana y desde allí solo se veían las casas con las luces apagadas. Desde allí se podía ver los vestigios del desastre y las huellas de la soledad y el agotamiento de una vida. Desde allí todos los días juntos se veían como demasiado para un solo cuerpo. Y fue entonces, cuando debí salir despavorido de la casa sabiendo que como hijo había llegado demasiado tarde.