La eterna espera del amor
Vi de arriba abajo a mi interlocutor, aseado y con ropa limpia y seguí escuchándolo: “Dijo que vendría como a las tres, pero yo prefiero esperarla unas horas antes. Prefiero esperar yo, que ella llegue y no me encuentre”, dijo en forma risueña y yo quedé encantada. Es una mujer muy hermosa, continuó diciendo, mirándose las uñas carcomidas, “creo que hoy podría pedirle matrimonio”, dijo y yo me sentí que lo acompañaba en aquel secreto.
El anciano continuó hablando no solo de su vida pasada, también de su vida futura: “Yo amé a una mujer que se murió y tuve unos hijos que ya se fueron”, repetía como si fuera un disco de vinil rallado. Yo miraba el reloj pendiente de mi trabajo, pero sin querer dejar al anciano solo que era una cascada de palabras. “A veces siento que no soy de este lugar”, dijo y yo me sentí tan identificada. “Yo estoy de paso, como usted, solo que me he tenido que quedar un poco más, porque aquí me agarró el amor”, dijo como si no tuviera escapatoria en la vida.
Como a la media hora, me tuve que levantar y le dije que debía volver a mi trabajo. El anciano me sonrió y movió la cabeza. Cuando llegué a la oficina le conté lo sucedido a la secretaria. Ella me miró con cierta risa burlona y me dijo que aquel era Julián, el loco del pueblo. Desde ese momento, cada tarde, me siento en la plaza a escuchar a Julián, que me cuenta del amor que vendrá y de aquellos que ya se fueron.