La mujer que amaba a los gatos
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Dormía en la plaza del pueblo rodeada de gatos y aunque supuestamente no tenía familia, cualquiera le daba comida, ropa y muchas veces, cuando de ella salían olores impertinentes, la agarraban y la bañaban en la fuente del pueblo. Otras veces, en los días más calurosos, ante la mirada perezosa de sus amigos gatunos, era ella misma la que se metía como si la fuente fuese una regadera.
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Aunque los gatos siempre iban con ella para arriba y para abajo, la muñeca y la caja eran sus únicas pertenencias y las que no dejaba que nadie le quitará. Algunos habían afirmado que la muerte de un hijo le había procurado la locura, otros, los más atrevidos, habían dicho todo lo contrario: que la no maternidad le había debilitado el cerebro.
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Nosotros, que aún éramos niños en aquel entonces, jugábamos a quitarle alguna de las dos cosas, pero los mayores, quienes siempre estaban atentos, nos agarraban de las orejas y nos hacían devolverle a Mirtha lo que le habíamos quitado. Al principio ella lloraba como una niña al verse las manos vacías, pero luego se iba feliz con su caja y su muñeca como si fueran el tesoro más grande del mundo.
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Una mañana la encontraron muerta en uno de los bancos de la plaza con la muñeca y la caja abrazadas. Los más jóvenes, llenos de curiosidad, empezamos a indagar para ver si por fin se revelaría el secreto, pero para nuestra sorpresa, los mayores habían decidido dejar la caja intacta. Recuerdo que en el féretro estaba Mirtha con su muñeca de trapo y su caja, y que no hubo nadie que no asistiera a su entierro. Es más, todo el pueblo la lloró como se llora a un familiar muerto y los gatos pasaron muchas noches maullando como si fueran niños huérfanos en los techos de las casas.