Las monótonas y felices formas de acompañarse
Siempre había historias estridentes, nuevas, llenas de pergaminos misteriosos, de insurgentes héroes, de objetos mágicos escondidos, laberintos y escaleras secretas con las que nuestras caritas redondas quedaban como nubes alucinadas. Pero también estaban las historias repetidas de finales conocidos y previsibles, esas que nos gustaban tanto y que hacíamos contar como si abuela y padre fuesen discos que jamás se rayaran:
_Cuénteme la historia de cuando los duendes se llevaron al abuelo –le decía yo a la abuela como si de una rocola se tratara y nosotros fuésemos los herederos de un legado invisible. Y ahí comenzaba la abuela a contar cada detalle de un relato sabido y manoseado hasta el cansancio; tanto así que al mínimo cambio de las formas, no faltaba quien señalara los vacíos, los saltos, los olvidos:
_No es así: primero vinieron las hormigas y después fue que se cayó –decíamos manteniendo intacto el hilo que sostenía nuestra memoria, manteniendo las raíces de esas plantas llamadas recuerdos.
Cuando llegaba la luz, despertábamos como de un largo sueño, de una impresionante aventura hecha a través de las palabras de los mayores. Cuando se hacía la luz, todas corríamos a nuestras camas a seguir soñando y memorizando las historias nuevas que no se disolverían nunca con el tiempo. Aquellas historias se convirtieron después en abrigos, en fidelidades, espejos para reconocernos. Pero muy especialmente, esas historias fueron después un lugar al cual volver cuando la abuela y papá se murieron.