Los sonidos del inquilino
La primera semana estuvo bien, muy ajetreada en la nueva oficina y en la casa, pero ya para la segunda semana todo estaba marchando sobre rieles. Como la oficina quedaba cerca de casa, salía bastante tarde y cuando llegaba, a penas comía y me acostaba a dormir. En una de esas noches, escuché ruidos en la habitación y me levanté a ver qué era. A simple vista no era nada. Volví a acostarme, pero no había pasado media hora cuando volví a escuchar ruidos. Decidí ver qué era, encendí la luz y a esa hora empecé a mover los pocos objetos que había. No encontré nada.
Esta situación se repitió cada noche: ruidos venían y ruidos iban. Yo movía los muebles, las lámparas, la cama y no hallaba nada. Dejé de ir al trabajo no solo porque amanecía cansado sino porque esperaba descubrir de dónde provenían aquellos sonidos. Una tarde fueron los murmullos de unos niños los que se escucharon en la sala e inmediatamente empecé a mover las cosas para ver dónde estaban; otras veces fueron las voces de adultos las que se hacían presentes y yo empezaba a darle golpes a las paredes para ver si salían.
No sé qué tiempo ha pasado desde que llegué aquí, pero creo que aún es diciembre. Yo sigo escuchando ruidos, y cada vez que los escucho empiezo a mover como loco todos los muebles. Ayer oí a alguien decir que no entren a esta casa porque aquí no vive nadie y sale muerto. Eso es falso. Aquí vivo yo desde hace mucho tiempo. La empresa me mandó hasta aquí y yo vine tratando de alejarme de ese mes donde todo el mundo es feliz: diciembre.