Ojos que persiguen
La vio sonreír como la primera vez en la universidad. Naila era la chica más popular de la facultad, tenía todos los admiradores que quería tener, por eso cuando ella se fijó en él, sintió que la vida jugaba con su suerte: por un lado se sentía premiado, pero por otro, el tener una mujer tan bella y deseada por los demás, lo mantenía en un estado de alerta, zozobra. Aunque Naila le demostraba un amor único y exclusivo, no soportaba saber que muchos ojos volteaban a verla cuando la veían pasar.
Cuando comenzó con ella, la hizo confesar cuáles habían sido sus amores pasados, quiénes habían acariciado su cuerpo. Ingenuamente, Naila lo hizo. Sin embargo, aquella confesión más que tranquilidad, le produjo una irritación permanente, unas dudas incurables, una desconfianza definitiva. En la cabeza de él no solo existían aquellos hombres que ella había admitido tener, también estaban los que ella hubiese callado, los que la miraban, la deseaban, aquellos que esperaban caer sobre ella como buitres.
Un día, cegado por los celos: acabó con la vida de Naila. Lo último que vio de ella fueron sus ojos fríos, fijos, sin vida. Desde ese día, cada instante, esos ojos vuelven una y otra vez, recordándole no solo su falta, su delito, sino también sus celos enfermizos. Por eso ha vuelto al lugar del crimen, luego de pagar su condena, y ahí está ella, perfecta e intacta, mirándolo y él siente que el pecho se le parte, que le duele, que cae y en plena caída solo los ojos de Naila inconmovibles lo miran juzgándolo implacablemente.