Sin domicilio
Cuando el reloj marcó las 10 y 30, realmente se preocupó al verse completamente solo. Se dirigió a una de las casillas que estaban en la entrada y preguntó. Los miércoles no hay trenes a las 11, dijo la encargada señalando la pizarra que estaba al frente de la casilla. Su mirada fue de fastidio, de burla y antipatía. Él se disculpó y se justificó diciendo que era nuevo en la zona. La mujer dijo con desgano: Sí, se nota que es extranjero, y volvió a sus labores. El hombre, con las manos en lo profundo de los bolsillos del pantalón buscando un resquicio de calor entre las piernas, se sintió mareado: a las 11 tenía una cita de trabajo. Cuando intentó preguntarle nuevamente algo a la chica, vio como esta cerraba la ventanilla en su rostro.
Desvalido, comenzó a mirar a todos lados para ver si encontraba alguna señal que le indicara qué podía hacer. Le preguntó a uno, dos, tres señores y todos dijeron lo mismo: el lugar al que iría estaba lejos, solo se llegaba en tren. Extrañamente en mitad del frío inclemente sintió que comenzó sudar: aquella era su única esperanza de trabajo en aquel país. Pensó en el poco dinero que quedaba, en el hambre que tenía, en el bendito frío que no lo dejaba pensar. Sacudió la cabeza y decidió hacer lo que hacía en su país: caminar.
Caminó por una recta y luego bajó por una pendiente. Allí, para su sorpresa, encontró un grupo de personas pernoctando. A su paso, un grupo de niños con curiosidad lo miraron. Él miró los techos improvisados en la plaza, los utensilios usados, los perros famélicos como sus dueños, las madres amamantando, una bandera ondeando. Quiso caminar rápido, pero lo atacó el desespero y cada paso le pesaba como si los zapatos fueran de acero y en su mente retumbaba, lo que había dicho la chica: Extranjero, extranjero.