Toque de queda
Eran las 6 de la tarde cuando el sonido de la alarma sonó por todo el país. Los que aún permanecían en las calles, apresuraron el paso para llegar pronto a cualquier lugar seguro. A esa hora la tregua se acababa y las detonaciones comenzaban a alumbrar la noche nuevamente. Los resplandores que provocaban las bombas eran más fuertes que los del sol y el sonido era un crujir como si se rompieran mil piedras.
=o:0:o=
La anciana venía por la esquina cuando comenzaron los relámpagos de balas preñadas de muerte. Militares de un lado y de otro eran testigos de las ruinas que habían dejado los enfrentamientos, pero no podían hacer nada: la orden de sus superiores era que destruyeran todo a su paso. La hecatombe se parecía mucho a aquella ciudad y la maldad se escondía debajo de aquellas cenizas.=o:0:o=
La mujer caminaba deprisa, pero sintió un pinchazo en el pecho. Siguió caminando aunque le pesaban las piernas y un líquido rojo goteaba de su cuerpo. Uno de los militares la haló y la tiró en el suelo. Desde el piso ella le sonrió con la macabra sonrisa que tiene la muerte. Y el soldado, que no era enemigo ni aliado, solo un ser humano, intentó salvarla, pero ya era demasiado tarde.=o:0:o=
Cuando la aurora se asomó y los ruidos eran lejanos e indefinidos, el soldado abrió los ojos y miró el cuerpo sin vida de la anciana a su lado. No dijo nada, solo se levantó y empezó a caminar por aquellas callejuelas tristes y grises. Comprendió entonces que realmente el toque de queda lo debía llevar en el alma porque en la guerra no hay horarios para la muerte.
La anciana venía por la esquina cuando comenzaron los relámpagos de balas preñadas de muerte. Militares de un lado y de otro eran testigos de las ruinas que habían dejado los enfrentamientos, pero no podían hacer nada: la orden de sus superiores era que destruyeran todo a su paso. La hecatombe se parecía mucho a aquella ciudad y la maldad se escondía debajo de aquellas cenizas.
La mujer caminaba deprisa, pero sintió un pinchazo en el pecho. Siguió caminando aunque le pesaban las piernas y un líquido rojo goteaba de su cuerpo. Uno de los militares la haló y la tiró en el suelo. Desde el piso ella le sonrió con la macabra sonrisa que tiene la muerte. Y el soldado, que no era enemigo ni aliado, solo un ser humano, intentó salvarla, pero ya era demasiado tarde.
Cuando la aurora se asomó y los ruidos eran lejanos e indefinidos, el soldado abrió los ojos y miró el cuerpo sin vida de la anciana a su lado. No dijo nada, solo se levantó y empezó a caminar por aquellas callejuelas tristes y grises. Comprendió entonces que realmente el toque de queda lo debía llevar en el alma porque en la guerra no hay horarios para la muerte.