Culmina un mes de movimientos, obstáculos y trabas en este sendero colmado de piedras afiladas que mis pies descalzos pisaban sin oasis. Concluye el día en una noche de desvelos y pensamientos inconclusos que una vez dañaron con melancolía. Hay un tiempo atrás que fue dado al desierto, ese desierto dentro de corazones que se queman a la luz del sol amarillento.
No hubo tregua alguna que debía aceptar por si una oportunidad se presentase. No hubo piedad alguna que debía ser concedido para sosegar el dolor de este malaventurado. El dolor parecía perpetuo, parecía compararse con el cielo nublado que habitaba encima, el dolor se creía inmortal como un Dios del monte Olimpo en la antigua Grecia que al descender a la tierra y enfrentarse lo que pareciese un simple guerrero, guerrero de lo cual nunca se hablaba, pero se atrevió a luchar.
Empezaba un duelo, todos gritaban alabando el nombre de este Dios y pedían la sangre del osado hombre que fue capaz de querer enfrentarlo. Fueron los golpes de nostalgia y con espada afilada de ruin recuerdos que no merecían vivir en esta lastimada memoria.
Y sangraba el guerrero, sangraba botando la cólera, hambriento de venganza. Aun pasado un tiempo que seguía sin culminar en una muerte anunciada en la arena, aun sin poderse resolver la calamidad de la victoria que se había propuesto obtener, y aún así el guerrero seguía levantado para terminar con la misión que se había planteado.
El dolor, que una vez se creía Dios, se convirtió en el más insignificante humano atravesado con la espada de la justicia. El dolor se sentía efímero, perdiendo así su tiempo en esta tierra de luchadores capaces de enfrentar hasta el más fuerte de los males.
El guerrero no fue el mismo, ya no era el mismo, anunciando así la célebre frase ''Dios está muerto''