Cada mañana, cada tarde, cada día,
las calles siempre estaban abarrotadas.
La multitud avanzaba, con rumbo, sin rumbo
¡que más daba!.
Rostros, sin mirada, sin sonrisas,
llegaba tal punto que se podía sentir el vacío
ese vacío que inundaba sus cuerpos.
Una rutina sin sentido,
una vida para trabajar,
un trabajo para vivir,
se perdieron las sonrisas en el alma,
se perdió la chispa del corazón.
La multitud avanza, y avanza,
perdida entre las tinieblas,
en la oscuridad,
en el ruido,
en el humo de los coches.
La multitud avanza,
sin rumbo,
sin destino.