Camino por las calles de la ciudad, el pavimento todavía está húmedo, ha estado lloviendo toda la mañana. Miro los rostros de las personas, los miro a los ojos porque las mascarillas no dejan ver por completo sus caras. Trato de adivinar lo que sienten, lo que están pensando, en ese instante de tiempo en el cual nuestras vidas se cruzan.
Cuanta angustia y agitación expresan con la mirada, sus cuerpos denotan el cansancio de los días de encierro y de estrés al cual han estado sometidos, y esperan que esto acabe en algún momento, que sea pronto, porque sienten que no pueden más.
Pero me doy cuenta que en algunas de esas personas hay una luz especial en su mirada, pareciera que estuvieran rodeados de un campo de energía y en sus rostros puedo notar que hay una sonrisa detrás de esa mascara.
Sus ojos brillan y observan con agradecimiento y alegría todo lo que les rodea, la luz del sol que ya se asoma entre las nubes, el agua que corre por las aceras, haciendo pozos donde salpican las pisadas de los transeúntes, el sonido de la lluvia que cae y el de los pájaros que cantan y sacuden su plumaje para iniciar el vuelo, las plantas llenas de vida con su color verde resplandeciente, los niños con su inocencia de la mano de sus padres.
Y me pregunto ¿son estas personas diferentes al común de la gente? ¿porque no están angustiados.? ¿Será que ellos conocen algo que los demás no?
Veo esos rostros y me lleno de una energía poderosa, de esperanza y de fé. Se que en el interior de cada uno de nosotros también estamos llenos de ella.