Ella era alabanza al gozo, sus gestos apaciguaban el afán de cariño, alimentaba mi alma con manos gentiles. Promesas susurrantes abrigaban mi piel. Se fue a un túnel sin retorno, misterioso, profundo.
La tumba que arropa su cuerpo está inmaculada, su esencia no está ahí, sus ademanes siguen alojados por cada pasillo pero ahora colmados de nostalgia. Inevitable brote de lágrimas, cada objeto me empuja hacia ella.
Mi corazón está arrugado entre colecciones de recuerdos, inexistente consuelo en mis pensamientos. El vacío perpetuo me condena a la añoranza de su risa. Mis días no saben igual, no tienen su aroma.