Saludos, hivers. El presente texto forma parte de una serie (que se publicará bajo los títulos "Estación 1", "Estación 2", "Estación 3"...) y que, al final, podrían leerse como una sola historia. O no.
Agradezco a la oportunidad de publicar en su Comunidad.
La costa era la extensión del helado fango que había tocado con sus pies algunos metros atrás. Más que saber, presintió detrás de sí, en otro tiempo y en otro lugar, a muchos seres agitados; voces, millones de voces, luces como de grandes incendios, llamaradas extendiéndose sobre todas las cosas, en el aire, reflejándose en las nubes.
Cayendo y chapoteando, se abrió paso en la vegetación de tallos flexibles y delgados, desprovistos de hojas. Luchó con ellos como contra un ejército hostil, como una araña desesperada apresada en su propia tela, jadeante y ciego, con una violencia elemental. Finalmente, llegó a un claro donde la arena estaba seca. Se tendió de espaldas.
La noche no poseía sonidos ni estrellas y no se sorprendió.
Luego, advertiría transformaciones, espasmos y contracciones, vibraciones y aleteos que crearía la vida a su alrededor. La metamorfosis debía ser completa. Hundió una mano en la arena; estaba muy fría y despedía un olor mineral. Tenía consistencia espesa. Sin saber por qué, la supuso gris.
El cansancio le dolía en los huesos y lo arrastraba al sueño. Antes de dormirse pensó que nada volvería: todos los actos eran definitivos. Sabía que al despertar habría olvidado los jirones de memoria que aún lo ataban al pasado; eran como dolorosos latigazos, destellos cegadores en esa noche oscura, abisal. En voz baja, mientras se sumergía en un sueño sin imágenes, dijo: mis amigos… mi ciudad… mi nombre.