Gente de Hive: Luego de más de una semana sin conexión a internet, vuelvo por acá con un texto dividido en tres parte sobre las relaciones entre el cuerpo y lo sagrado como lo expresa la poesía mística. Espero que resulte interesante para los lectores.
Saludos.
¿Tienen algo en común la unción mística y el éxtasis carnal? Todo en nuestra vida cotidiana, en nuestro aprendizaje sentimental, nos lleva a responder que no. El mundo del deseo se nos muestra atado a lo más corporal de nuestro yo, mientras que se nos ha educado para considerar lo sagrado (y la mística es un aspecto de lo sagrado) el terreno de la pura espiritualidad, un estado incontaminado por los deseos y los temores del cuerpo. ¿Cómo es posible entonces que el lenguaje utilizado para una y otra cosa sea muchas veces el mismo?
Para Rafael Cadenas, poeta y ensayista venezolano nacido en 1933, tanto el sexo como lo sagrado remiten al ámbito de lo que llama “el misterio” en su ensayo Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística. “El misterio”, en Cadenas, parece referirse a todos los aspectos del mundo, desde los más prosaicos y personales a los más profundos e inexplicables.
Por la vía del cuerpo muchos poetas contemporáneos han transmutado la experiencia de Dios en experiencia amorosa y erótica. Naturalmente, en esta transformación, que se ha cumplido en un proceso de varios siglos, juega un papel importante el lenguaje empleado por los místicos y su sistema de símbolos que remiten al profano amor humano, al cuerpo y a su goce: el sexo como trascendencia, como comunicación con “lo otro” que se encuentra más allá de “sí mismo”, y que sería “el otro”; otro cuerpo humano perdido en el goce de ser cuerpo.
Todo, en la mística, conduce a la unión. Es la noción fundamental, la experiencia suprema, y a la que se vuelve una y otra vez por más que ensayemos distintas aproximaciones, distintos caminos conceptuales que nos llevan, siempre, a una experiencia que en definitiva no puede ser conceptualizada. Para decirlo con las palabras de José Ángel Valente en su ensayo Eros y fruición divina: “la mística se sustancia en la simple y abisal experiencia de la unidad…” Valente diferencia entre unión y adoración, esta última “común a toda experiencia religiosa”; la unión en cambio, reservada a los místicos, ocurre sólo en la interioridad, alejada de los “raptos y visiones” tradicionalmente asociados a la experiencia mística.
Para Valente, la unión es una experiencia de los confines del ser donde todo converge: sin distancia (es decir, sin espacio ni tiempo). Señalemos que la unión (con la Divinidad, se entiende) se cumple también en el plano corporal:
En la sustancia última del alma (scintilla, apex, interior intimo) donde la unión se opera, se opera la unificación de contrarios: humano-divino, esposa-amado, exterior-interior, cuerpo-alma, femenino-masculino. Esa acción unificante del ser escindido es acción que corresponde, según una larga tradición, al eros.
No una cosa distinta afirma Ramón del Valle-Inclán en La lámpara maravillosa, compendio de sus ideas místicas y gnósticas publicado en 1916, al afirmar que “En todas las cosas duerme un poder de evocaciones eróticas.” Si el erotismo está en todas las cosas, y la unión amorosa, erótica, es unificación del ser humano escindido, resulta natural, desde la perspectiva de estos autores, que estas experiencias no se expresen de manera distinta.
Valente va más allá al negar cualquier separación entre lo erótico y lo sagrado:
la expresión de ambas experiencias se hace indivisible, como ambas experiencias son experiencias de inmersión en la sola unidad… No cabe oponer amor divino y amor carnal (ni la sexualidad a lo sagrado), como no cabe, en lo poético, escindir la expresión –única– de uno y otro amor… Eros y religión pertenecen al substrato originario de lo sacro. No se trata, pues, de que el eros pueda significar lo sagrado, sino de que el eros es, sobre todo en determinados contextos, lo sagrado.”