En aquellos días vivíamos en Coro (Capital del estado Falcón en Venezuela) y escaseaba la harina de maíz en nuestra ciudad. Como ahora, no se conseguía en ninguna parte, La gente se desesperaba al no encontrarla, era ala materia prima para las infaltables arepas.
Caminábamos por la avenida cuando vimos al hombre de sombrero, que sentado en medio de varios bultos de harina, los vendía con un letrero que decía "Oferta".
Nos atendió muy bien, eran contagiosas su sonrisa y su alegría.
Pudimos comprar el último de los bultos bien caro por cierto, contentos mi mujer y yo llevamos nuestra preciosa carga a nuestra casa .En la calle nos veían con envidia los demás paisanos.
Al llegar a nuestro hogar mi mujer de inmediato puso a calentar el budare para hacer las arepas De repente su grito hizo que yo corriera a la cocina a ver que le pasaba.
Pude ver como la fina y dorada arena sacada de los médanos de Coro se regaba por el piso, y la cara llena de sorpresa y disgusto de mi mujer.
-!Nos estafaron viejo!
Solo me quedo sonreír y vaciar el contenido de los restantes diecinueve paquetes de un kilo en el patio.
Cuando buscamos en el sitio donde estaba el tramposo comerciante no había nadie, en el suelo solo había una factura borrosa de una tienda cercana, que relejaba la compra de un sombrero de color negro, donde se leía a duras penas un nombre Juan Carrizo.
No lo vimos más nunca, se lo trago la tierra.
Lo único bueno fue que a raíz del incidente, mi mujer y yo aprendimos a hacer las arepas como se hacían antes .Moliendo, cocinando y amasando el maíz .Son mucho mejores que las de harina precocida.
Por esos mundos debe andar el tal Carrizo deshuesando inocentes, con su sombrero negro de ala corta y sus eternas trampas.