En un pueblo había unos niños que entraron en una gran discusión relacionada sobre dónde enterrar el pajarito que era la mascota de la familia.
Uno de los niños argumentó que el pajarito merecía un honroso entierro en el patio delantero.
Otro agregó (con voz más alta todavía) que el avecita debía ser sepultada en un sitio apartado del patio trasero.
Entonces, el otro niño argumentó (mucho más sobresaltado que los otros) que la mascota de la familia debía ser inhumada en el campo, sobre la ladera boscosa, porque de esa manera volvería a la naturaleza.
Cuando la discusión llegó a convertirse en un griterío, la madre intervino y señaló que el pájaro no estaba muerto todavía.
Y de hecho, la familia ni siquiera tenía un pájaro. La familia había planeado y hablaba meramente de comprar un pájaro alguna vez en el futuro.
Muchos de nosotros nos parecemos a aquellos niños. Imaginamos toda clase de tragedias, desastres y problemas futuros. Entonces sobre-reaccionamos emocionalmente ante hechos que aún no ocurrieron.
Es sencillamente ridículo alterarse emocionalmente por problemas imaginados que aún no sucedieron.
No podemos vivir pensando en el futuro. Sumar las cargas imaginadas de mañana a las cargas reales de hoy duplicará la carga.
Añadir más cargas imaginadas de semanas y meses futuros a las actuales nos abrumará.
No debemos imaginar toda clase de dificultades posibles y sobre-reaccionar emocionalmente ante ellas.