Recibí tu llamada en la que me decías que te ayudara con algunas cosas de tu casa, la cual acordamos para el día sábado ya que el domingo es cuarentena y pues nadie puede circular, ni vehículos ni nada, solo personal autorizado.
Llegué a tu casa pequeña pero de hermosos y grandes jardines, ya lo conocía en una primera vez que también me invitaste para mostrarme la conexión de la antena satelital.
Ahora se trataba de algo más trabajoso tus jardines paradisiacos.
Llevaba un vestido casualmente florido como si hubieras nacido de la flora, parecía la madre de esas flores pequeñas, medianas y grandes, protectoras y seguras, guardiana de la naturaleza, musa de las pasiones, inspiración del amor.
Subiste al techo a reparar la gotera que las lluvias habían malogrado por la estación primaveral, fueron unos veinte minutos cuando te vi desde arriba diciéndome:
-Ya bajo, te hice una limonada bien rica.
-Está bien -dije.
Al minuto bajaste y me esperabas en el jardín, flores de colores que esperaban ser arregladas por mis manos, mientras tu deshojabas mis piernas con tus manos.
Las flores me veían celosas, deseaban ser acariciadas al ver besada y acariciada mis curvas que te excitan.
Las flores encantadas adornaban mi cabeza, mi cuerpo desnudo, una alfombra colorida de pétalos fue la cama perfecta para poseerme ahí mismo, un coro floral de gemidos endulzaban los oídos al desflorarme por vez primera, al sentir tu aroma mil veces más fragante que de las flores.
Un rojo pasión se apoderaba de en medio de mis piernas y sentía suavemente como se hacía camino tu miembro, era el cáliz escarlata de tu amor, de tu pasión, de tu ser, levantaste mi cabeza para dirigir tu mirada a mis labios y me besabas con ternura.
Era una flor virginal que estaba siendo deshojada por tus manos, por tus besos, por tu sexo, besé tu cuello para enervar tu cuerpo, tus manos se amoldaban a mis blancos y suaves senos, mis manos daban libertad a tu pelo rebelde, fruncido, curvas perfectas que combinaban con tu piel primaveral, a pesar de que ya estabas al borde de los cuarenta.
Había olvidado la limonada porque prefería más el néctar de tus labios, el perfume de nuestros cuerpos fundiéndose lentamente en la más maravillosa escena universal jamás esperada por ti, por mí, o quizás muy esperada y deseada.
Lo cierto era que te estaba amando con todas las células de mi cuerpo, con todas tus ilusiones, con mi calor, con tu ternura, con mi eterno poder, con tu mágica sonrisa. Rompíamos todos los compases y los ritmos, a veces a dos tiempos, a veces de cuatro, a veces sin tiempos, mis besos recorrían tu geografía humana, tus besos decoraban mi angelical y sensual belleza, el amor y la pasión eran el binomio perfecto de nuestras unión, de nuestro lazo sexual y espiritual.
La brisa de la tarde nos despertó y entramos a la casa para cobijarnos de la lluvia que se avecinaba.
Nos quedamos en la sala disfrutando de una rica taza de café, escuchando tus músicas favoritas, después nos pusimos a bailar y lo hacíamos desnudos a media luz…