Yo muero. Nadie me mata. Muero de felicidad con risas de colores y brillos en los amaneceres, y de olor a mortajas en el atardecer.
Yo me voy sola por los surcos de la muerte cegadora con mi sentir único y propio, auténtico e intransferible.
Más digno que lo prestado…y tan puro que recorre mundos mutándose en almas que se sueldan con la mía.
Yo muero en tu presencia o muero sin ti. Me fundo coagulada a emociones de tul negro.
Con el néctar del Sol baño al frío que me estruja, y en los témpanos resto la quemazón en llaga de la pasión que agrieta.
Me afirmo en los talones cansados y roídos para espantar la rabia de odios sin sentidos.
Entorno las pestañas para evitar ser vista supurando perdones a quienes me hicieron doler.
Yo muero cuando cansado mi disfraz se desliza. Cuando el arcoíris me llega en blanco y negro, cuando las madres lloran sobre sus hijos yertos y me aparto un instante y me vuelvo al momento. Me detengo y doy tregua para seguir huyendo.
Yo muero. Nadie me mata. Relojes fracturados y calendarios roídos me han vendido los tiempos a cambio que les pague con versos escondidos.
Yo muero y no. Nadie me mata y me quedo. No debo de lo que soy y lo que siento se queda para seguir siendo yo y aun ceniza, pariré, cuentos mudos y versos empapados que nadarán mis mares de diferentes tintas.
Y sacudirán furiosos o calmos de letras, mis barcos de papel