Te besé. Bajo la incómoda intimidad de mi tricapa sanitaria; llegué hasta tu boca simulada en una suerte combinada de letras y números Fp2; yo que siempre huía de números que complicasen nuestra ecuación- distancia-tiempo y edades.
Y te alcancé mientras hacías cola en la marca de agua que fijaba cada sitio en la acera donde las vanidades y los aplausos ya no dejan lugar a la emoción.
Nos hemos olvidado de la solidaridad de los abrazos; hemos dejado para más tarde el calor del hambre atrasada y las ganas.
Es tiempo de ahorrar en adjetivos y economizar nuestra pandemia de tristeza y soledad.
Es ahora cuando me haces falta en el camino; ahora, no después, cuando busques el horario de las toallas y en la orilla de nuestra playa hundas en la arena la huella de tus pies.
Y volveremos a la espera de la consulta; con miradas nuevas y pendientes de la tos que suena a bomba de relojería o rehén de una guerra inacabada; miraremos en distancias cortas a quien daba la vida por su trabajo y nuestros sístoles y diástoles; y no veremos más allá el minutero del reloj que avisa que tenemos más cosas que hacer que esperar entre cuatro paredes blancas.
Así somos; que pronto olvidamos para volver a vivir y limpiar la conciencia y las manos; con gel, o jabón y agua a partes iguales.
Después nos buscaremos al otro lado del cordel como alambrada de paisanos sin documentación; rebuscando en los bolsillos las llaves de tus silencios para que una nueva vez, una vez más, me digas que me echabas de menos y nada será igual.