Es cierto que vivimos en un mundo lleno de mentiras, que parece que los demás confían en nosotros. Que nosotros confiamos en quienes nos rodean, pero siempre hay cosas que no se cuentan, siempre hay heridas que se esconden y cicatrices que no se muestran.
Nadie, nadie quiere mostrar sus debilidades, su emotividad o sensibilidad y es una pena. Se tapa con sonrisas sin sentido, con falsedad, hipocresía y pena encubierta.
Y no, no somos tan fuertes, no lo somos, pero por un motivo u otro no dejamos ver nuestra fragilidad, quizás y tal vez para que no nos den ahí, donde nos duela.
En esta vida aprendemos que lo mejor es decir que estamos bien, para que nadie se entere de nuestras tristezas. Camuflar malestares por el qué dirán o no explicar ese malestar que nos acecha.
Y sí, quizás el mundo se nos desmorona poco a poco, y sí, también pensamos que nos lo vamos a comer y es él quien nos va comiendo sin apenas darnos cuenta. Que cerramos los ojos porque tampoco quiere nadie ver dolor ajeno, penas ni tristezas. En ese momento te quedas sola, sólo acuden en las alegrías o cuando necesitan llorar en silencio sin que nadie ni nada los vea.
Ironías de la vida que se huye de esos fantasmas, de esos monstruos que dormimos. Que todo lo que vemos o casi todo es contrario a lo que ocurre y no sabremos la verdad porque no interesa.
Muchas personas sonríen mientras a trozos van cayendo por dentro rotos, escondiendo esas lágrimas cuando nadie los ve. Pero yo, yo prefiero afrontar esos miedos, esos fantasmas y monstruos, porque sé que hay que tener valor y valentía para ir a pedazos por este mundo. Para recomponerse y empezar de cero, para ser uno misma, con esencia. Porque quien no sabe fingir, sólo sabe vivir de verdad cada instante de su existencia y yo soy de esas.