Nota del autor
¡Mi primer relato!
Los humanos somos arbitrarios, locos y contradictorios. Pocos decidimos dejar de seguir, muchos al no hacerlo se corrompen con el poder que lograron alcanzar, pues es mucha libertad. Este mundo es obscuro, pero puede ser visto con ojos distintos; los fríos e indiferentes. Este relato lo hago con un propósito, despertar tu interés de querer llegar a ser más fuerte, que te haga impulsivo, fuera de lugar, un sociópata que quiere ayudar al que vea pasar.
Buscando lo desconocido
Un mar putrefacto, con un tono pantanoso, manchas de sangre al mirar a cualquier lado y huellas paradójicamente arbitrarias en el suelo; era allí donde me encontraba, un reino dolido con ciudadanos corrompidos, con caras largas y sombrías. Los cielos nublados y escalofriantes, niños corriendo en las calles buscando a quien robarle. Era parte del camino de mi cruzada simple e insolidaria. La entrada al bosque, que conducía a este lugar, era armonioso y neutral, mas no mostraba lo que ahora observaba. No sentía nada al ver tal horror, no era mi obligación, pero mi mirada se centraba en ese ambiente pestilente; excremento humano en las puertas y ventanas, un asco estratégico, tal vez era para que nadie entrara, pero, aun así, los ladrones se disponían a ensuciarse las manos. Los viejos se sentaban en la plaza, «No es raro» pensaba al momento, hasta que escuché a uno decir «¿Ya se murió el niño? Tengo el estomago vacío» finalizando con una risa siniestra, acostumbrada y agradecida, pues era notable que pocos llegaban a la vejez.
− Vaya paso me tocó dar… − Me susurraba a mí mismo, percibiendo los pocos y podridos dientes de una madre embarazada, comiendo Dios sabe qué.
Tenía que descansar. Pregunté a unos niños que jugaban a ser caballeros, usando armas inusuales; huesos de sus ancestros: los razonables que decidieron dar su carne a los vivientes más jóvenes, que cometer el trágico acto de saciar su apetito con ellos.
− Niños… eh… ¿Conocen alguna posada cerca de aquí?
− ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Escuchamos a los viejos decir donde… − Decía el niño que usaban una camisa de cuero y unas suelas de corteza.
− ¡Cerca de nuestro sacerdote, Jobs! ¡Nuestro Dios! – Exclamaba el otro, junto con entusiasmo y admiración. Tenía un trapo de parche, no le gustaba mostrar su agujero sobrante.
Su inocencia cegaba mi desagrado, me hacían sentir cómodo en este lugar de espantos. Sabía que algo deplorable estaba pasando, pero no era mi ideal hacer algo…