Hola a todos, este post es parte de mi participación en la iniciativa ¿Quién invitó a cupido a la Web3? donde estaré respondiendo una pregunta muy interesante:
¿Has tenido un amor secreto en el ecosistema de criptomonedas? 🧐
Empezaré diciendo algo importante: en ecosistemas de criptomonedas como Hive, uno suele entrar con una intención clara. Quizás buscas generar un ingreso adicional, o tal vez te atrae la idea de alcanzar la tan ansiada "libertad financiera". Muchos llegamos porque amamos la creación de contenido y encontramos aquí un lugar seguro para desahogarnos, compartir aquello que tanto nos gusta o simplemente disfrutar de la lectura de quienes escriben. Lo genial de ser parte de esta Web3 es que somos dueños de nuestras propias ideas.
Sin embargo, hay algo más que ocurre en el plano personal a medida que pasa el tiempo: uno se queda aquí por las conexiones. Y no me refiero solo al networking estratégico o a los contactos profesionales que puedas construir. Me refiero a las personas que conoces y a la profundidad de lo que se llega a compartir.
Hace varios años, cuando conocí Hive, me brindó la oportunidad de conocer a mucha gente. Tenía, junto con Rutablockchain, un programa en Discord y fue, por un buen tiempo, mi lugar seguro, que si bien no era un espacio físico, en plena pandemia era lo más parecido a un grupo de amigos de la vida "real". No importaba que estuviéramos en países distintos o que la única prueba de existencia fueran un par de posts, comentarios y actividades en conjunto.
Así fue como empecé a conocerlo más allá de su nombre de usuario (o al menos eso creía) y, casi sin darme cuenta, me resultó fascinante. No fue un flechazo dramático, sino algo más silencioso: me cautivaron sus ideas, a veces fuertes, pero siempre creativas, y esa forma tan atenta de responder. Había algo en su escritura que me hacía sentir escuchada y, cuando alguien te presta esa clase de atención en el momento justo, el efecto puede ser peligrosamente atractivo.
Sí, él lo sabía. Creo que en algún punto se lo dije. No soy muy buena fingiendo indiferencia cuando algo me importa. Lo curioso es que, visto en retrospectiva, probablemente yo solo estaba interesada en la versión de él que había construido en mi cabeza.
Nuestra conexión saltó de los comentarios en Hive a largas horas en WhatsApp. Entre fotos, audios y mensajes constantes, empezamos a construir un mapa de posibilidades: planes sobre qué haríamos si yo viajaba al país donde se encontraba o si, por casualidad, él llegaba a venir a Venezuela. Si conocer a una persona en la vida "real" puede ser difícil, de esta manera lo es aún más, porque en los entornos digitales uno recibe fragmentos: algunos textos, opiniones, reacciones… y con eso armamos un rompecabezas donde rellenamos los espacios vacíos con nuestras propias expectativas.
De esa manera, hice staking emocional sin darme cuenta: invertí tiempo, atención e ilusión. Todo con alguien que vivía lejos, que pertenecía a otra realidad y a quien solo conocía a través de lo que decidía mostrar.
El punto de quiebre ocurrió después de haberle confiado a una amiga lo que sentía por aquel muchacho. Más bien pareciera que le hubiera dado paso a entrometerse en la situación, porque comenzó a conversar cada vez más con él, hasta el punto de decirle cosas bastante inapropiadas. Él, por su parte, empezó a compartir con ella detalles que conmigo jamás había mencionado. Ella misma fue quien me dijo que había estado hablando con él y, al ver los mensajes, descubrí una cantidad de interacciones que me parecieron totalmente fuera de lugar para el nivel de confianza que se suponía que tenían.
Obviamente me molesté con los dos, y ese momento me dolió, no tanto por él, sino por lo que representaba. Porque cuando proyectamos emociones en alguien, no solo vemos a la persona: vemos lo que creemos que podría ser.
Con el tiempo entendí que, a veces, no nos gusta alguien por quien es, sino por cómo nos hace sentir en una etapa específica de nuestra vida. En ese momento tenía poca vida social, necesitaba atención y sentir conexión. Y justo en esas condiciones apareció él. En términos cripto: tenía un mercado alcista emocional, hasta que la realidad corrigió el precio.
No fue una gran historia de amor ni hubo final de película, pero sí fue, para mí, una lección silenciosa sobre expectativas, proyecciones y la facilidad con la que podemos idealizar a alguien. Hoy lo recuerdo con un poco de vergüenza, pero lo comparto con plena conciencia de que solo fueron mis emociones humanas a flor de piel.
También me dejó una lección que aplica tanto para la vida como para la blockchain: no todo lo que brilla es promesa de retorno; a veces solo es una experiencia que te enseña algo nuevo y te recuerda que no vale la pena hacer hold eterno de una ilusión. En la Web3 es muy fácil enamorarse de una narrativa, de un avatar o de una forma de escribir, pero la persona real siempre es más compleja y, a veces, menos honesta. Así que, si hoy me lo preguntan, tengo claro que no volvería a tener un amor secreto en este ecosistema. Prefiero mantener mis activos emocionales bien protegidos.