Hubo un dramaturgo español contemporáneo, Antonio Buero Vallejo, que tuvo la notable imaginación, entre otras muchas cualidades, des escribir la historia de una escalera.
Yo no pretendo tanto, desde luego, aunque no es la primera vez que insisto en el tema, sabiendo, positivamente, que se puede presentar una ciudad, viéndola, no desde las escaleras, sino desde el final de éstas: allí donde antiguamente las aves rapaces hacían sus nidos y hoy los tejados de los hombres se extienden hacia el horizonte como un mar de artesanía, donde podría pensar que la tierra, después de todo, pretende la vana ilusión de querer tocar el cielo.
Tan antigua como la Cesaraugusta, donde cuenta la Tradición que la Virgen se le apareció sobre un pilar a un atribulado Apóstol Santiago incapaz de hacerse escuchar por unos íberos, fervientes seguidores de una diosa de ultratumba, como Ataecina y cercana, también, a una Augusta Bilbilis, a la que posiblemente deba su primera razón de ser, sus posteriores identidades no vieron la luz, sino cuando recibieron su nombre de aquellas fuentes musulmanas que la conquistaron y la fortificaron, hasta convertirla en la Qal at Ayyub o Castillo de Ayub o Calatayud, nombre por el que se la continúa conociendo.
Desde luego, el sitio más alto de lo que es en sí la ciudad de Calatayud –o al menos, la ciudad histórica- precisamente aquél, donde simbólicamente habría que reconocer que la tierra vio satisfechos sus deseos de tocar el cielo, siquiera sea a través de la simbólica comunicación de una inmemorial figura mariana, no es otro que el Santuario de la Virgen de la Peña, la subida de cuyos escalones, ya contiene, de por sí, un pequeño pero auténtico Calvario.
Una Virgen de orígenes negros, que no obstante y al contrario del resto de sus hermanas soterrañas, abandonó la soledad de la cueva, seguramente con la intención de que los fieles se sintieran, como la tierra, más cerca del cielo, de manera similar a como afirma el cantar que hizo la Santina en las montañas de Covadonga.
Unos tejados, que hablan, por proximidad, de ese sentido medieval de cercanía y protección, que fueron los orígenes de las primeras manzanas, de los primeros barrios y de los primeros guetos y también de los núcleos culturales, donde diferentes culturas y credos consiguieron, al menos durante un tiempo, vivir codo con codo y puerta con puerta, sin que su fe se resintiera.
Llaman la atención, formando sobre la tierra un plano que seguramente tenga su correspondencia con las estrellas, ver la maravillosa concepción de los alarifes mudéjares, en las torres más prominentes de las iglesias de la ciudad: la de Santa María, la de San Andrés y la del Santo Sepulcro.
Torres, eminentes conservadoras de la Sagrada Tradición, donde el Arte todavía podía considerarse una filiación del Espíritu hacia unos ideales elevados, donde parece que hasta los canteros medievales coincidían con Einstein, pensando, a la postre, también, que Dios no jugaba a los dados con el Universo.
Un consejo al viajero respetuoso: si vas a Calatayud y quieres ser bien recibido y tratado, no caigas en el estúpido error de seguir la malsana copla que hace siglos hizo un hombre despechado, contra una buena y honesta mujer, de manera, amigo, que aunque sigue existiendo el Mesón, no cometas el error de preguntar por la Dolores.
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