Samuel Bellamy fue un marinero inglés que buscó fortuna en las costas de América. En un giro de su vida, se convirtió en pirata, capturando muchas naves y amasando una gran fortuna. Es considerado el pirata más rico de la historia, su tesoro se estima en unos 120 millones de dólares. El siguiente relato se basa en la historia de Black Sam; apodo con el que se dio a conocer. Aunque varios de los nombres narrados aquí representan a personajes reales, algunos hechos no son necesariamente cronológicos y se han incluidos otros con fines artísticos y literarios.
Por G. J. Villegas
Una larga peluca blanca adornaba la cabellera de aquel personaje. Era evidente por su elegante ropa, que se trataba de un caballero refinado. La compañía de soldados armados hacía suponer que se trataba de un político, un noble, o quizá un hombre muy adinerado de Cabo Cod.
Caminaba apoyado en un bastón, sus gestos eran firmes a pesar de la edad que aparentaba. Como todo caballero adinerado, su talante era orgulloso, pero sonreía a todos a medida que se subía a la tarima, y muchos hombres importantes parecían desesperados por obtener un saludo de él.
Samuel y Paul observaban a la distancia. El alboroto y el frenesí que generaba aquel hombre fue suficiente para captar su atención y desviar completamente su conversación. Sin embargo, ambos continuaban afectados por los sucesos adversos de ese día. Paul, bajo la seriedad y tranquilidad de su rostro, albergaba una gran decepción y un sentimiento de profundo fracaso. Samuel, por su parte, estaba decidido a dar un giro radical a su vida, impulsado por una desesperada necesidad de hacerse de una fortuna. De alguna forma, eran conscientes de que, si bien aún eran dueños de un envejecido balandro, en realidad no tenían más posesiones que pudieran reclamar como suyas.
Un sujeto delgado hizo sonar una trompeta, para luego anunciar que el caballero elegante tomaría la palabra.
—¡Prestad atención a Sir Julius Backter, vice gobernador de la provincia de Massachusetts!
Samuel y Paul cruzaron miradas.
—Residentes de Cabo Cod —comenzó diciendo Sir Backter—. Es para mí un agradable honor dirigirme a tan respetable audiencia, puesto que entiendo y estoy completamente enterado del apego y la fidelidad que todos ustedes tienen a la corona. Puedo asegurarles, sin ningún atisbo de duda, que el mismo rey sonríe con agrado cuando de conversar sobre esta colonia se refiere. Y que no hay para ustedes más que solo encomio y halagos por parte de la corte real en vista de su gran patriotismo.
La gente aplaudió con entusiasmo. Sir Backter se balanceaba complacido mientras asentía con la cabeza, y se inclinaba ligeramente ante la gente con falsa modestia.
—Muy elocuente el vice gobernador, se ha congraciado con la plebe con su aduladora introducción —reconoció Samuel.
—¿A qué vendrá tanta melosidad?
—Los políticos y las prostitutas tiene algo en común Williams. Cuando quieren que les pagues por sus servicios, te hablan con dulzura y de forma encantadora.
Paul sonrió.
—Los recientes sucesos ocurridos en las rutas comerciales que alimentan nuestro imperio —continuó Sir Backter— son una muestra innegable de la furiosa necesidad de estar al día con el tributo. Enemigos crueles se ciernen como aves de presa sobre nuestros gallardos mercantes, robándoles sus ganancias y amenazando nuestro próspero estilo de vida. Estos piratas, que deambulan cual fantasmas en el mar, causan enormes pérdidas económicas. Citaré algunos ejemplos a fin de ponerlos al tanto de los hechos. A fin de mostrar la vileza de sus actos impíos, condenados por nuestras nobles y firmes leyes y por las de Dios.
Sir Backter tomó aliento y agregó:
—La nave Aurora, fue saqueada hace pocos días y despojada de su cargamento de telas de seda, trajes de salón, perfumes, zapatos y joyas diversas… y catorce lingotes de oro. La Esperanza, perdió su cargamento de licores y especias, semillas… y trescientas monedas de plata. La galera Mercedes Callet, fue hundida en aguas profundas, su tripulación asesinada, y los cien esclavos que transportaba, así como todo el oro que llevaba a Inglaterra… dos cofres con quinientas monedas cada uno; se perdieron para siempre. Hasta el barco Concordia, que cargaba un tributo de las islas orientales, cuatrocientos lingotes y mil quinientas monedas de oro, sucumbió ante el vil asedio de los piratas. El balandro Centinela, famoso por su transporte de caña de azúcar, fue asaltado a cien millas de aquí y le fue quitado todo su oro, ochocientas monedas, y su capitán tuvo que desprenderse por la fuerza de un medallón personal adornado con rubíes y diamantes.
La gente suspiraba de horror al escuchar los detalles. Bellamy, sin embargo, se hacía eco de las muchas cosas valiosas que los piratas robaban a los mercantes sin grandes contratiempos. Todos los asaltos tenían algo en común… el oro. En su mirada podía verse lo profundo que se grababan las palabras de Sir Blackter en su corazón, y aunque sabía que el pillaje era un delito penado con la muerte, la pobreza y la miseria eran temores mayores que morir en un paredón, o ahogado por una soga en la horca.
—Ha llegado el momento de poner fin a la tolerancia hacia estos acosos injustos —declaró señalando con su puño Sir Backter—. Las colonias británicas tenemos nuestros elevados principios de honestidad y transparencia, de trabajo honrado y legal, de decencia y propiedad; principios que estos marineros delincuentes no respetan. Tomaremos el control de la situación, y terminaremos con esta ola de piratería. Para ello, usaremos todo los recursos militares que disponemos y haremos respetar las leyes marítimas, por nuestros hijos, por nuestras esposas… por el rey de Inglaterra.
Los presentes lo ovacionaron generosamente. Su tono de voz era fuerte y acogedor, su estilo de habla tenía cierto encanto para las masas. Samuel se quedó admirado al ver cómo la gente se agitaba, y pensaba detenidamente en las palabras del vice gobernador. Con cada bocanada de humo de su pipa, parecía estar tomando una resolución.
Hay momentos en la vida de un hombre que lo cambian para siempre. El nacimiento de un hijo, la muerte de una esposa amada, salvarse por poco de la muerte. Para Samuel Bellamy, fue aquel discurso de Sir Blackter lo que marcaría un antes y un después en su carrera. Dos cosas importantes aprendió esa tarde en el puerto de Cabo Cod: el poder que tiene para influir en otros las palabras de un buen orador, y que si quería reunir el dinero suficiente para desposar a su anhelada María Hallet, no lo encontraría perdiendo el tiempo buscando tesoros en barcos hundidos… tendría que arrebatárselos a los mercantes convirtiéndose en un pirata.
—Volvamos al balandro Paul —le sugirió Samuel—, tengo algo importante que debo decirte.
Los dos amigos subieron a bordo del Desidia.
—¿Y bien, qué ocurre? —quiso saber Paul.
Bellamy se notaba serio y pensativo. Caminó algunos pasos en la cabina del capitán y le acercó una silla a Paul.
—He tomado una decisión que alterará el curso de nuestra empresa conjunta. Creo que en este punto es mejor y más saludable para ambos que separemos nuestros caminos —dijo Samuel en tono grave.
—¿Qué?
Paul arqueó las cejas.
—Reconozco lo inesperado de mi declaración, pero te aseguro que esta no está relacionada en ningún sentido con algún malestar o sentimiento de rencor hacia tu persona —Samuel bajó la cabeza un momento para luego mirarlo de frente—. Lo que quiero decir es que no se debe a que hayas hecho algo malo. La razón es simple y algo… bueno, lo diré sin rodeos.
—Considero que es mejor así —le aconsejó Paul.
—¡Voy a convertirme en pirata!
Se hizo una pausa entre ambos. Samuel estaba de pie, con la frente en alto y la mirada decidida. Paul, por el contrario, le parecía haber escuchado una broma, se cruzó de brazos y contuvo la risa.
—¿Qué? Pero… ¿Hablas en serio?
—Definitivamente Williams. Debes reconocer que la búsqueda de tesoros hundidos no nos producirá los resultados que deseamos. Además, no puedo esperar a tener un golpe de suerte para hacer fortuna. Lo he intentado por medios honorables y he fracasado, ahora lo intentaré al margen de la ley. Hay dos clases de pillos, los que usan pelucas blancas y tienen un cargo en el gobierno o en la marina, y los que ondean una bandera pirata. No tengo la opción de formar parte de los primeros así que…
—Así que te unes a los segundos —dijo Paul completándole la frase.
Samuel asintió con la cabeza. Esperaba que su anuncio generara rechazo en su amigo, que este le reclamara por elegir un oficio despreciable a pesar de la buena educación recibida por ambos. Para él, aquella ocasión sería la separación de dos hermanos, y aunque estaba dispuesto a sufrir la pérdida, en el fondo sabía que sería muy duro continuar sin Paul.
—De todos los oficios, labores y tareas que puedan existir en la sociedad —señaló Paul—. De todos los trabajos por los cuales un hombre, un caballero, podría obtener una remuneración, te decides por el más peligroso, temido y odiado. No sé cómo llegas a una elección así. ¿Tiene que ver con tu visita a María? ¿Qué fue lo que ocurrió? Quizá podamos resolverlo de otra forma.
—No tiene que ver con María —dijo Samuel dejándose caer en una silla—, bueno, a decir verdad, sí tiene que ver con ella pero no como estás pensando.
Williams meneó la cabeza.
—Cuando estuve en la taberna, y vi a ese sujeto, no pude dejar de pensar en todo el oro que podría obtener haciendo lo mismo que él. Claro que entiendo que no será una vida fácil, pero tampoco pretendo dedicarle toda mi vida a este plan. Solo sería hasta tener lo suficiente para…
—Para desposar a María… Sí, ya lo sé —le interrumpió Paul—. ¿Y cómo esperas lograr tener éxito como pirata? Nunca antes has asaltado un barco… ¡Mírate! Tienes el aspecto acicalado de un príncipe.
—Es cierto que no tengo experiencia, pero estoy seguro que el maestre George puede ayudarme a encontrar una tripulación apropiada.
—Una tripulación de pillos querrás decir.
—Una tripulación pirata. Él debe conocer a muchos hombres dispuestos —dijo con optimismo.
—¡Dispuestos a robar y matar si es necesario! —reclamó con sarcasmo Paul.
—¡Diablos… sí! —replicó Samuel con enojo—. ¡Dispuestos a lo que haga falta para obtener oro!
—¿De dónde demonios sacarás las armas? —preguntó Paul elevando la voz—. ¿Usarás palos y piedras?
—¡Tengo dos cañones a bordo!
—¿Piensas usar mi barco para esto?
—¡Es nuestro barco! Ambos invertimos en él.
Williams guardó silencio para evitar seguir con la discusión.
—Sam, necesitamos calmarnos, solo estamos… algo presionados por toda esta situación —dijo Paul—. Bebamos un buen trago de whisky.
Samuel asintió y busco en un cajón de la mesa.
—No recuerdo donde lo dejé —señaló Samuel—, revisa en ese estante, estoy seguro de que queda algo en una botella.
Paul consiguió un par de vasos y media botella de ron.
—Escúchame Williams, te considero como mi propio hermano, y sabes que no haría nada que pudiera dañarte. Las primeras ganancias que obtenga te las guardaré para pagar tu parte del balandro y te recompensaré con más. No volveré a Cabo Cod durante algún tiempo, pero cuando lo haga te buscaré y saldaré mi deuda contigo. No te pido que comprendas mi decisión, solo que aceptes que… bueno que veas esto como… será solo un adiós temporal. Desde luego, no me atrevería a pedirte que me acompañes sabiendo tu posición sobre…
Paul levantó la mano sobre su rostro para interrumpirlo.
—Te acompañaré Sam.
—¿Qué has dicho? —titubeó Samuel.
—He dicho que te acompañaré en tu empresa pirata.
Bellamy se encogió de hombros, confundido.
—Debo reconocer que es cierto lo que dijiste sobre los tipos de pillos. Sir Robinson, por ejemplo, nos negó el permiso de exploración porque alguien más le pagó un mejor soborno, así que de todas formas nos habíamos quedado sin trabajo.
—Viejo desgraciado, corrupto y tramposo —murmuró Samuel.
—Además, necesitarás un primer oficial de confianza, sobre todo si estarás rodeado de bandidos y ladrones.
—Es muy cierto amigo mío —dijo Samuel alegremente, levantando su vaso de ron—. No sabes lo complacido que me siento en este momento.
—¿Cuándo partimos a nuestra primera captura?
—Tan pronto como reunamos a los hombres. Mañana hablaré con el maestre George, quizá nos lleve un día o dos reclutar los necesarios. También necesitaremos estudiar las posibles rutas de barcos mercantes a fin de ir directo al botín.
—Supongo que tendremos que navegar en otra zona, lejos de Massachusetts, si queremos volver como hombres libres algún día —indicó Paul.
—Totalmente de acuerdo contigo. Es una observación importante. Iremos al sitio preferido por los piratas, donde el oro fluye como río caudaloso y el saqueo cabalga impunemente, volviendo ricos a simples plebeyos.
—¿El mar de las Antillas, al sur?
—Exactamente Williams, también conocido como el Caribe.